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Viernes, 22 de Noviembre 2019
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Temas para reflexionar

Por: EL INFORMADOR

Mi padre era afecto a narrar sucedidos que fluctuaban entre la realidad y la ficción. Hace muchos años, sentados en una banca de la plaza del pueblo, me narró una confesión imaginaria de dos difuntos en sepulcros contiguos en el viejo cementerio de la población, clausurado a principios del pasado siglo XX. Uno de los ahí sepultados confesó que vivió muchos años, pero esos años no los supo vivir. “Como viví tan solo para mí, nadie me quiso, quizá porque a nadie quise yo. Fui indiferente a todo, y por eso mi muerto no significó nada para nadie. Ahora estoy aquí, muerto del todo; me parece la mía mucha muerte para tan poca vida...”.

El difunto del otro sepulcro también habló: “Yo viví como si cada día fuera toda mi vida. Amé a muchas mujeres, y acaso algunas me amaron a mí. Gocé del pan y el vino, y cuando ya no tuve ni vino ni pan, gocé el recuerdo del pan y el deleite del vino. Acepté con resignación el sufrimiento al igual que los días de alegría, pues ambos son parte de la vida del hombre Al final de mi existencia tuve tantos recuerdos que no podía recordarlos todos. Ahora estoy aquí, de retorno a la madre tierra; pero me parece que la mía es muy poca muerte para tanta vida...”. Esta vieja narración de mi padre, la escuché como una alta y estimulante lección de vida.

Jorge Luis Borges dice en su “Otro poema de los dones” que “hay días que nos dan la ilusión de un comienzo”. En ellos, agradecemos las cosas que a diario recibimos de la vida. En su enumeración incluye la mañana que nos da la sensación de un comienzo. Leer este verso en la primera juventud no tiene mayor significado ya que a esa edad todo está comenzando a todas horas; pero leerlo y comprenderlo en la vejez es como agua de mayo: un inesperado regalo de los dioses.

Decía José Ortega y Gasset que la vida es quehacer, y la verdad de la vida de cada persona consiste en hacer lo que hay que hacer, y evitar hacer simplemente “cualquier cosa”. Insistía que una persona vale en la medida que la serie de sus actos sea necesaria y no “caprichosa”. Y reflexionaba sobre su persona advirtiéndose: “Yo soy yo y mi circunstancia... y si no salvo mi circunstancia, no me salgo yo”.

El contacto de la gran dependencia de México con los Estados Unidos ha permitido a los embajadores que no envía Washington exabruptos cada vez más insolentes e ingerencistas, ante los cuales sólo alcanzamos a expresar una tímida y titubeante protesta en los medios. Nuestro sojuzgamiento, no puede ni se atreve a ir más allá.

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