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Viernes, 22 de Febrero 2019

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Psicología de un abstencionista

Por: EL INFORMADOR


“Claro que es apatía. Simplemente ya no se me antoja ir a votar. Si ya de por sí me costaba trabajo creer en esa bola de corruptos, ahora menos”.

No es difícil entender los motivos inconscientes de una persona que ya no desea ir a votar. La misma palabra lo dice todo. El que se abstiene lo hace por convicción. Es una regla entre los alcohólicos, hoy me abstengo y basta. Ya mañana veremos; pero hoy no. Lo que hace daño o lo que ya no importa, cae en el terreno del desdén. Se rechaza porque no hay un bien inmediato a la vista.

En la mente ya no sólo hay abulia, ni falta de ganas, se manifiesta un verdadero desinterés por los asuntos electorales. Es una manera de decir que ya no me importan. Háganle como quieran, a mí no me incluyan. No me metan en sus enredos.

Si ya de por sí en la psicología del pueblo mexicano, la apatía juega un papel determinante en la participación social, más aún cuando el tema político se quiere meter a fuerza en el protagonismo de la vida pública.

Entre más se insista en que la gente debe o tiene que participar en los comicios electorales, más irá creciendo el rechazo y el desinterés.

Los que han lanzado un exceso de propaganda política a la sociedad, con tal de cumplir la cuota de participación ciudadana, no se percataron de los complejos mecanismos del inconsciente colectivo. Y la respuesta no se ha hecho esperar, el vulgo ya manifiesta un rechazo a la insistencia, al abuso publicitario, a la saturación electoral.

No por machacar una idea se va a convertir en un motivador mental. Mucho menos en la apertura de la conciencia democrática.

La gente es curiosa, metiche, le gusta la intriga, por eso le encantan las telenovelas. Pero en la política no ve nada atractivo. La responsabilidad democrática no se consigue a base de mercadotecnia política. Por allí se debe de comenzar. El quehacer de gobernar no se debe de vender con publicidad barata. Se hace a base de liderazgo y con el cumplimiento irreprochable de su responsabilidad.

Un envase o producto rechazado por los clientes no va a cambiar la percepción a base de publicidad, es más, ni aunque lo regales la gente lo va a desear.

Algo así ha sucedido con las campañas. La gente no las quiere, no le interesan, y en consecuencia las rechazan.

El abstencionista sigue la misma lógica del que ya no quiere consumir algo; una vez que lo probó y no le gustó. No lo vuelve hacer y es más, lo va a rechazar con singular frialdad.

Al abstencionista le importa un bledo lo que piensen de él, sigue su convicción y tratará de mandar a volar a todos.

Claro que refleja un claro comportamiento social, de una supuesta democracia incluyente, que ha generado su opuesto. Se supone que había que sumar, no restar.

Eso es lo que debemos reflexionar.

Con los abstencionistas pierde la democracia y gana la apatía.

GUILLERMO DELLAMARY / Filósofo y psicólogo.

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