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Miércoles, 13 de Noviembre 2019
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ENTRE VERAS Y BROMAS

Por: EL INFORMADOR

— Longaniza

A ver... No es por el simple afán de vaciarle el salero a la comida antes de probarla, que se cuestiona la premura con que el cuerpo edilicio de Guadalajara, por mayoría aplastante, decidió que sí: que había que echarle peligro; que podía ser un buen negocio comprar, no un boleto, sino todo el bloc —al fin que va a pagarse con el dinero del pueblo—, para la próxima rifa de un tigre. Y fue así que se solicitó, a la voz de “¡Vieja el que se raje!” (casualmente: sólo dos regidoras —mujeres ambas— votaron en contra) la sede para los Juegos Olímpicos de la Juventud del año 2014.

—II—

Los argumentos de las dos regidoras que pusieron la nota de cordura y de pudor al asunto, al impedir, con sus votos en contra, que el disparate de la semana se perpetrara por unanimidad, cayeron en el vacío. Uno de ellos era puramente formal, pero no por ello deleznable: el reglamento interior del Ayuntamiento fija plazos al efecto de permitir que las iniciativas de cierta trascendencia se estudien, se maduren, se discutan, eventualmente se sometan a consulta pública y finalmente se decidan; esos plazos, esta vez, no se respetaron. El otro es de carácter económico: la ciudad sede se obliga a aportar una fianza de 12 millones de dólares, y, adicionalmente, “a responder financieramente —sin decir hasta qué monto— en caso de que los programas de recaudación de recursos adicionales como patrocinios y venta de boletos, no lleguen al nivel esperado”... Dicho en cristiano: el Ayuntamiento firmaría un cheque en blanco, que se obligarían a cubrir... quienes sustituyan a los gobernantes que tomarán posesión el próximo primero de enero.

—III—

Cualquiera diría que el voto de los regidores salientes, ante una iniciativa como ésta, debería ser responsable y ponderado en extremo. Los Juegos Olímpicos de la Juventud son una aventura: los del año próximo serán los primeros; no se tiene la experiencia del éxito económico y de promoción de la ciudad que puedan tener.

A quienes apelan, en este caso, a la sensatez (una cosa que, si la hubiera, haría pensar a los regidores que ya van de salida que “nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo estricto”), aún les queda una vela encendida: la esperanza de que, con la experiencia del tormentoso preámbulo de los Panamericanos de 2011, en el COI se den cuenta de que dar una nueva encomienda de ese jaez a Guadalajara, equivale a poner al perro a cuidar la longaniza.

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