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Martes, 12 de Noviembre 2019
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ENTRE VERAS Y BROMAS

Por: EL INFORMADOR

— Postal

Paréntesis para una postal hablada —el lector indulgente se servirá pasar el anacronismo, en este época de Google Maps, como pecado venial—, de un viaje relámpago a San Luis Potosí.

—II—

Como muchas otras ciudades de la República (“La Araña” ya investiga si Guadalajara está en la lista...), San Luis Potosí, con licencia del inefable Ripalda, es un lugar que debe visitarse una vez al año... o antes, si se está en peligro de muerte.

En San Luis el espíritu se nutre con lo que entra por los ojos, los oídos y la boca: la nobleza de su traza urbana; el respeto por los vestigios —plenamente vigentes— de su esplendor pretérito; la variedad de su gastronomía...

El paseo, a vuelo de pájaro, incluye el Teatro de la Paz, el Museo Virreinal, el Museo Nacional de la Máscara y la iglesia de El Carmen —joya del barroco churrigueresco en México—; el Palacio de Gobierno, la Catedral y la casa del virrey Calleja (con fotografía obligada con El Señor de las Palomas, y otra junto a Juan del Jarro, en el Jardín de San Francisco), fronteros a la Plaza de Armas; el edificio central de la Universidad, la Iglesia de la Compañía y la Capilla de Loreto, vecinos del señorial Edificio Ipiña en la Plaza de los Fundadores; la Casa de la Cultura; la Caja del Agua y la antigua Penitenciaría, ahora Centro Estatal de las Artes; antológicas escalas técnicas en santuarios de la gastronomía: La Gran Vía, con cocina española de 10 y nota; el Rincón Huasteco, ídem en cocina regional...

—III—

Al calce, un par de trazos volanderos...
Uno: la fresca mañana del domingo el inventario de los “recuerdos” de la borrascosa noche anterior: dos botellas de refresco, un puñado de colillas de cigarro..., las hojas de los árboles —es pleno otoño— y el guano de las palomas.

“¿Qué clase de personas viven aquí —se pregunta uno—, que no se esmeran en ofender al prójimo con la huella de sus pasos? Y otro: también en San Luis se hizo un Monumento al Milenio: en una glorieta céntrica, una fuente con tres beldades, de bronce, al más puro estilo clásico...

(“¿Por qué será —cavila el visitante— que en otras latitudes se emperran en demostrar que lo ostentoso de ciertos monumentos suele ser inversamente proporcional al buen gusto de sus —permítase la paradoja— “autores intelectuales”...?).

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