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Sábado, 19 de Octubre 2019
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Dosis de realidad

Por: EL INFORMADOR


La reciente alerta de sanidad que hemos vivido ha servido también para hacernos presente algunas reflexiones que normalmente dejamos pasar huidizas. Reflexiones sobre lo preciado que es poder vivir en una época en que muchos de los peligros de la salud que sufrían generaciones pasadas ahora parecen estar domadas.

Gracias a los avances en la medicina y otras ciencias modernas, se ha incrementado la esperanza de los años de vida a los que una persona puede aspirar realistamente. Desde hace un par de siglos a la fecha, la edad promedio que podría alcanzar un adulto se ha más que duplicado. Al grado de que hoy en los países desarrollados hay más ancianos que niños.

Una de las consecuencias notorias de esta situación es que los achaques de la ancianidad se vuelven más presentes en la vida cotidiana que antes. La realidad de una edad avanzada, si bien es buena noticia, también aterra a una Humanidad que apenas está aprendiendo a lidiar con las consecuencias de vivir más años. Ante el miedo recóndito que despierta al reconocer que el futuro trae consigo un claro mandato de envejecimiento paulatino, el afán de prolongar la juventud y alargar la llegada de la vejez se ha vuelto una de las obsesiones más remachadas de nuestros tiempos.

Mucho se lamenta la gente madura acusando que la fuerza de la juventud se desperdicie vilmente en los jóvenes cuya ingratitud, egoísmo e ignorancia hacen despilfarrar sus años plenos de esa vitalidad que ellos añoran nostálgicamente y de la cual los viejos se sienten más merecedores por su propia experiencia y aprecio. Finalmente se valora cuando ya no se tiene.

Vaya paradoja. Los jóvenes buscan parecer una edad mayor de la que tienen y presumen la apariencia de una madurez adelantada, mientras los mayores buscan esconder los rasgos que se asoman al acontecer la vida. Éstos se empeñan planchando, estirando, endureciendo y entumeciendo sus rostros y sus cuerpos para borrar las líneas y cuantas marcas tengan que revelan hacia afuera el transcurrir del tiempo y la acumulación de la experiencia interior. Unos aparentan lo que no son mientras los otros no son lo que quieren aparentar. Se niegan a sí mismos su propia condición.

Cuando se aburren los niños y los jóvenes, éstos se apresuran a crecer. Cuando el crecer se confunde con envejecer, se apresuran luego a verse jóvenes otra vez.

No son pocas las historias de personas cuyas vidas se van en gran parte empeñadas en aparentar que no avance el tiempo. El peligro de vivir como si no se fuera a morir está en que finalmente se puede morir como si no se hubiera vivido.

A veces, algo de inmortalidad se logra a través de las historias, las acciones y las obras que nos sobreviven y que heredamos a las siguientes generaciones. A veces lo hacemos con la esperanza de que sirvan de inspiración para alguna que otra juventud nueva.

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx

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