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Martes, 21 de Noviembre 2017

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Descrédito

ENTRE VERAS Y BROMAS            

Primero, el sábado, fueron las multitudes en los centros comerciales. Después, el domingo, fue un panorama similar en los tradicionales tianguis: los de “Santa Tere” y “El Baratillo”, especialmente, estuvieron a reventar... Un sociólogo encontraría la explicación con relativa facilidad: para el mexicano —tan buen hijo...—, la celebración del Día de la Madre es prioridad absoluta.

A continuación, ayer, fue la manifestación de propietarios y trabajadores que de manera directa o indirecta dependen del funcionamiento de bares, cantinas, discotheques, “antros” (curioso vocablo que en el pasado se reservaba para denominar despectivamente a tabernas y cabarets arrabaleros, “de mala muerte”, hábitat natural de malandrines y prostitutas, y que modernamente se aplica a los centros de convivencia y “conbebencia” de los jóvenes) y similares. El motivo de su protesta ante la autoridad: la afectación económica que les causan las medidas tomadas en función de la actual contingencia sanitaria.

—II—

Un extraterrestre que, enterado de la peculiar coyuntura que vive actualmente el país, observara —invisible para nosotros— nuestras conductas, las encontraría absurdas, por decir lo menos... “¿Es que no están enterados estos extraños humanoides del riesgo de contagio que corren al acudir en masa a tiendas y similares?... ¿En tan poco aprecio tienen su vida y las de sus hijos?...”, se preguntaría en el primer caso. En el segundo, se cuestionaría seriamente las prioridades de la curiosa especie zoológica con que vino a tropezarse en este pintoresco planeta: “¿Es que no captan que sería absolutamente insensato, temerario, irresponsable, suicida incluso, anteponer los intereses económicos de los menos a la salud y eventualmente a la vida de los más?...”.

—III—

A reserva de que puedan interpretarse de otra manera esos hechos, cabe la hipótesis de que hay, en el fondo del desdén del ciudadano común por las recomendaciones y de las protestas de los damnificados por las restricciones para ciertas actividades que se han dispuesto, un preocupante descrédito de los gobernantes —y, en consecuencia, de sus disposiciones— a los ojos de los gobernados.

¿Haría falta, para dar crédito a las voces de alarma de éstos, que se reeditaran, en la realidad, las escenas dantescas —grabados, películas...— de las epidemias del pasado: los hospitales, rebosantes de enfermos; las calles, alfombradas de cadáveres; las fosas comunes, pletóricas, etc....?

(Como decían —sabias como eran todas ellas— las abuelas: “Eso ya es tentar a Dios...”).

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