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Martes, 26 de Marzo 2019

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Campañas

Por: EL INFORMADOR


Desde hace años, con altibajos, México y sus instituciones enfrentan una grave crisis de credibilidad que hasta el momento, dado su empeoramiento en estos tiempos, no ha merecido la atención de quienes representan a esas instituciones… al contrario.

El Instituto Federal Electoral (IFE) es un gran ejemplo. Antes de la reforma para la ciudadanización en 1991, el organismo responsable de la organización de las elecciones dependía del Gobierno federal y todos sabíamos que era una entidad manipulable, es decir, sólo respondía a los intereses del partido en el poder y los fraudes eran cosa de todas las elecciones.

La crisis política de 1988 marcó el inicio de una reforma que en diferentes momentos fue dando elementos al IFE para convertirse en una de las instituciones ciudadanas más sólidas y con los más altos índices de credibilidad entre los mexicanos.

El escenario hoy, es otro. En una especie de efecto perverso, la autonomía del IFE y la claridad, objetividad, imparcialidad y equidad con la que se organizaron los procesos electorales, así como la contundencia de los resultados y su validación, fueron abriendo espacios a representantes de partidos de oposición, lo mismo en el Poder Ejecutivo que en el Legislativo, en el contexto federal y en el local. Hasta aquí muy bien.

Con lo que no contábamos —aquí el efecto perverso— es que en la medida en que el sistema de partidos se fortalecía (pluralidad, diversidad, etc.), se iba gestando lo que muchos hemos convenido en denominar “partidocracia”.

Somos rehenes de los partidos, y es tal el secuestro, que la evidencia más clara en estos momentos, es el estilo, las “estrategias”, el nivel de las campañas electorales. Son tan pobres, tan burdas, que confirman el desdén de la clase política con respecto a los intereses sociales.

Saben que son generalizados el descontento, la inconformidad, el desencanto, el enojo, la desconfianza, la molestia y, pese a ello, molestan más: decenas de miles de “spots” en radio y televisión, obligatorios; “invasión” de espacios ciudadanos públicos y privados (avenidas, camellones, esquinas, parques, espectaculares, mobiliario urbano, casas, teléfonos, buzones, correos electrónicos, redes sociales); música estridente, propuestas populistas, impostura y exaltación increíble de orígenes humildes y difíciles.

Y por lo que respecta a las campañas de aspirantes a diputaciones, locales y federales, las hacen, no los candidatos, sino los dirigentes de los partidos, los líderes de esta partidocracia en que nos tienen presos.

Las excepciones, que las hay, son algunos candidatos de partidos pequeños también llamados emergentes. Pero los otros están tan seguros de que van a ganar, que ni siquiera se molestan en diseñar campañas respetuosas y creíbles.

LAURA CASTRO GOLARTE / Periodista.
Correo electrónico: lauracastro05@gmail.com

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