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Viernes, 22 de Noviembre 2019
Jalisco | La crisis en los aparejos

SEGÚN YO

Por: Paty Blue

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- Aquella llamada telefónica me sorprendió, no sólo porque me pescó a media lavada de dientes y me obligó a despejar el asunto con inusitada celeridad, sino por la efusiva familiaridad con que el emisor corroboró mi nombre. “Soy fulanito de tal”, me dijo como si su solo apelativo me bastara para ubicarlo en alguno de los muchos contextos por los que deambulo. Y seguramente, el dentrífico que todavía traía yo entre dientes contiene alguna suerte de amnésico, porque ni rascando en mi enmarañado subconsciente pude relacionar aquel nombre con alguna remota conciencia.

Aquella ignota voz no tardó en identificarse como el mecánico que cuatro meses atrás le había practicado una costosa reparación a mi auto, y ahora se estaba reportando para ver si, de pura casualidad, mi unidad tendría algo más por componer. Ni lo permita Dios, exclamé santiguándome, nomás de recordar la sangría que me representó la avería subsanada, pero agradecí el inopinado comedimiento del individuo que cuando más me urgía, se me volvió imposible de localizar.

A la mañana siguiente, cuando me debatía entre levantarme rápido o ceder a los cinco minutos con que solemos aplazar el abandono del cálido lecho, el jardinero del rumbo manoteó con insistencia el timbre, hasta asegurarse de obtener respuesta a su ofrecimiento de poda instantánea. Como las economías internas no estaban para esos excesos, le agradecí la oferta, no sin recordar la cantidad de veces que antaño hube de llamarle para que diera cuenta de los matorrales y no obtuve más que vanas promesas de su parte.

Una vez en mi lugar de trabajo, sendos telefonazos me distrajeron para sustraerme a la conveniencia de recibir la visita de un promotor de seguros y de un agente de salones para eventos. En cuanto abrí mi correo electrónico, aparecieron las ofertas de servicio de un diseñador de páginas web, un reparador de aparatos electrónicos y un consorcio de limpieza profesional de hogares y oficinas. No había pasado una hora, cuando recibí la visita de un agente mueblero que promovía ventas por catálogo, una impulsora del sushi a domicilio y hasta un vendedor de picones.

Saliendo de ahí, los limpiabrisas de mi auto servían de pisapapel a un tríptico de venta de colchones, un volante de pollos al dos por uno, otro de una tienda naturista con insospechadas ofertas y uno más de una estética vecina que regalaba un planchado de pelo en la colocación de uñas postizas. Apenas llegué al aparcadero de un supermercado, recibí la invitación a comprar cien pesos de un producto para recibir un regalo, la exhortación para aprovechar los descuentazos por paquete en un restaurante cercano, el ofrecimiento de pulir los faros opacos del auto y la petición de un lavacoches para intervenir en el aseo del mismo.

Cuando hacía la fila frente a la caja, para pagar los tres jitomates y cinco limones que adquirí, una joven señora de aspecto clasemediero —con más pudor que resolución—, me inquirió sobre la posibilidad de canjearme sus vales de despensa por efectivo, que le urgía para poner gasolina, mientras su esposo hacía lo propio con quien me antecedía en la horizontal. Ese día, después de sortear al “viene viene” y a media docena de vendedores esquineros en busca de usufructuarme mis centavos, asumí con tristeza que la crisis, a todos, nos llegó a los aparejos. Menos mal que, según dice el optimista que nos gobierna, la recesión ya terminó.

patyblue100@yahoo.com

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