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Lunes, 14 de Octubre 2019
Ideas |

Úrsulo

Por: Jacobo Zabludovsky

Mario Moreno fue mi amigo. Cantinflas una ilusión. Mario la realidad inolvidable. Cantinflas la realidad imaginada. Mario debió haberle dicho a Cantinflas: “Tú no existes fuera de mí”. De todos aquellos quedamos cuatro, convocados el viernes por su recuerdo para celebrar el día en que hubiera cumplido un siglo. Cuando fue el hombre más popular y querido de México y el mexicano vivo más famoso en el mundo, se confundían en la aclamación méndigos y mendigos, lambiscones y fanáticos, estafadores y devotos, cuates y crápulas, envidiosos y farsantes, sanguijuelas y amigos. De estos últimos quedamos cuatro. Fui amigo de Mario Moreno, creador de una ficción deslumbrante llamada Cantinflas. Un personaje que al ser inventado adquirió su existencia, como Augusto, el de Niebla de Miguel de Unamuno, quien decidido a suicidarse es enfrentado por su creador que le dice: “No puedes matarte porque no existes, no eres más que un personaje de novela”. Augusto revira: “Mire usted bien, no sea, don Miguel, que sea usted el ente de ficción”. “Tú eres una creación mía”, le dice el escritor. “Sí”, contesta Augusto, “pero ya estoy creado, no puedo estar sujeto a su capricho, no puede impedirme que me suicide”. Mucho espacio hubo de ceder Mario ante la magnitud de Cantinflas. A él, a su criatura, le agradeció algunas alegrías y las más de sus desilusiones. Cuántos amaneceres nos sorprendieron hablando de eso, solos a la cabecera de la mesa de 40 sillas, dándole la última mordida a una torta del Biarritz traída a Reforma tres mil y pico desde Insurgentes y Chilpancingo. No había alcohol en esas veladas, ningún estímulo fuera de la conversación. “Venga a echarse un taco”, decía Mario cualquier noche de tantas inesperadas. No acababa de colgar el teléfono cuando ya estaba camino de su casa. Una casa grande hasta para una embajada, recostada en un barranco con asador, cine, biblioteca, frontón, gimnasio, peluquería, patios y cocheras insuficientes para tantos coches. Ahí vivía con su esposa Valentina y su suegra que sólo hablaba ruso. Mario cuidó de ella como si fuera su madre hasta que muy anciana murió años después que su hija. Cantinflas era uno y Mario era otro totalmente distinto. Cantinflas no dejaba espacios a Mario. En la soledad, a la sombra de su obra, el autor mantenía su discreción y bajo perfil. Mario Moreno no padecía el síndrome tan frecuente y repugnante en el cómico profesional: no era chistoso de tiempo completo, ingenioso, oportuno, vivo, inteligente, informado, gustaba de los temas políticos, los acontecimientos de actualidad. Ejercía su sentido crítico, discutía lecturas recientes, respondía con prudencia a las críticas sobre su oficio. Él no recordaba haber salido de marinero la primera vez que lo vi desde la gayola del Follies. Sí de cuando entró por el pasillo central del teatro Esperanza Iris gritándole insultos a ese enorme artista que fue Miguel de Molina, interrumpiendo la función. “No te mediste esa noche, yo estuve ahí”, le dije. “Estábamos creando el sindicato de actores, habíamos ordenado un paro teatral y usaban a Molina como esquirol, puede que sin su conocimiento, tuve que hacerlo, táctica de lucha”, murmuró el fundador de la Asociación Nacional de Actores. “Quiero que trabajes en mi próxima película”, me dijo un día. “No soy actor”. “No vas a actuar, vas a ser periodista, a hacer lo que haces cada noche en televisión. La película se va a llamar “Conserje en condominio”. Secuestran a un inquilino rico. Yo, Úrsulo, soy conserje y sospechan de mí. Tú me entrevistas en tu noticiero”. El productor Jaques Gelman me preguntó cuánto cobraría. “Si me pagan no trabajo”. Memoricé mi diálogo. Toma uno. Corte. Cantinflas cantinfleaba, se salía del texto a propósito y cada vez de otra manera. Toma nueve. Corte. Se acerca el director Miguel M. Delgado y me regaña: “Usted no tiene que reírse”. “Pues dígale a este señor que no me haga reír”. Salíamos a comer a restaurantes donde su presencia no fuera tan notoria. La última vez llegamos al Altamira. Me puse un reloj que nunca usaba por miedo a perderlo. Recordamos el día, años antes, en que se lo quitó de la muñeca izquierda y me dijo te lo regalo. No nos volvimos a ver. Mario Moreno fue mi amigo. Cantinflas una ilusión. Mario la realidad inolvidable. Cantinflas la realidad imaginada. Algún día, todavía a tiempo, Mario debió haberle dicho a Cantinflas lo que Unamuno a Augusto: “Tú no existes fuera de mí. No debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana”. Cantinflas no acepta, ya está creado: “Porque usted, mi creador no es más que otro ente novelesco. Lo mismo que yo, su víctima. El que crea se crea y el que se crea se muere. Morirá usted y morirán todos los que me piensen”. El diálogo y el capítulo (XXXI) terminan con un lamento de Unamuno: “Yo me enjugué una lágrima”. Yo también.

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