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Y Duarte, ¿de qué se ríe?

Y Duarte, ¿de qué se ríe?

Y Duarte, ¿de qué se ríe?

Javier Duarte es otro. Cada audiencia está más risueño, más locochón, más simpático. O le están dando unas drogas poco conocidas por acá, o sabe algo que nosotros no sabemos, como por ejemplo que tiene un buen acuerdo con la justicia mexicana y todo es parte de un show mediático para que parezca que estamos combatiendo la corrupción.

Creo que es una mezcla de ambas. Esa forma de hablar y de gozar un proceso judicial en la cárcel no se la creo a nadie. Más bien parece que mereció abundancia de medicamentos, que se les pasó la dosis del antidepresivo; el problema será bajarlo a la tierra después de ese viaje en el que se ve francamente feliz. Pero más allá de las drogas, cada vez que lo veo y lo escucho tengo la sensación de que nos está tomando el pelo, que el señor sabe que todo esto no es sino un pequeño sacrificio para salvar a su partido, y que el partido sabrá reconocer su aporte, como lo hizo ya en otras ocasiones.

Es cierto que Javier Duarte no es el único gobernador procesado, que lo que hizo Borge en Quinta Roo no sólo es peor sino mucho más perverso (el señor no sólo se robó el dinero, también la costa del Estado), que Roberto Sandoval de Nayarit amenaza con rebasar por la derecha en su relación con el narco, pero el caso del ex gobernador de Veracruz es paradigmático no solo por lo mediático sino por la personalidad extravagante del personaje. De cómo se resuelva este asunto dependerá en gran medida la percepción que se construya en México sobre el combate a la corrupción. De ahí la importancia de echar los reflectores sobre el caso.

Si todo camina conforme a lo previsto, Duarte estará en México antes del 21 de julio. Irá a la cárcel y será el centro de atención al menos lo que resta del verano. La clave será vigilar de qué se le acusa y si la PGR efectivamente se apoya en las investigaciones de la Auditoría Superior de la Federación y en el SAT para procesar no sólo al ex gobernador sino a todos los cómplices que saquearon al Estado. Hay que ver si el caso servirá para cambiar el paradigma de persecución a la corrupción en México o sólo repetiremos la lógica del chivo expiatorio linchado en la plaza pública para regocijo del respetable.

No sé bien a bien de qué se ríe Javier Duarte, pero estoy cierto de que la risa no significa nada bueno.

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