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Sábado, 19 de Octubre 2019
Ideas |

Virtudes y limitaciones de los biciclos

Por: Juan Palomar

Virtudes y limitaciones  de los biciclos

Virtudes y limitaciones de los biciclos

Hay de dos, fundamentalmente: las bicicletas y las motocicletas. El principio es similar: la traslación humana en equilibrio sobre dos ruedas. Pero mientras las primeras dependen del esfuerzo del usuario, las segundas tienen un motor mecánico.

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William Saroyan dijo que la bicicleta es el invento más noble que ha logrado el hombre. Ningún ingenio logra aportar tantas ventajas a la raza humana a cambio de algo tan simple y económico. Las ciudades mejoran su calidad de vida en razón directa de la proporción de sus habitantes que las usan habitualmente. Hay algo de profundamente educativo en el aprendizaje del equilibrio, la gravedad y la distancia que el andar en bicicleta supone.

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Sería sumamente interesante que alguna institución académica local se aplicara con seriedad y rigor a medir y evaluar el creciente impacto que, desde hace algunos años, ha tenido la proliferación del uso de la bicicleta en el ámbito tapatío. Habría, tal vez, que distinguir dos hitos en esta evolución: la instauración de la dominical Vía Recreativa, y la implantación más reciente del sistema de bicicletas públicas Mibici. Ambas medidas, es de subrayarse, nacieron de la iniciativa y presión de grupos ciudadanos. Enhorabuena para todos. Pero a esto hay que darle seguimiento serio, ajustes, y estímulos efectivos.

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Una implicación negativa que incidentalmente se ha venido dando en el auge de la bicicleta es la percepción, por una parte de la población, de una cierta “superioridad moral” que algunos ciclistas suelen arrogarse en los cotidianos ajetreos del tráfico. (Esto es también perceptible en el ánimo, entre festivo y gandalla, de algunas “rodadas” nocturnas y multitudinarias.) Esto es peligroso. Habría que nulificar estas actitudes y percepciones concientizando claramente a los ciclistas en el sentido de sus deberes y obligaciones en el marco de una movilidad ordenada y sustentable.

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Las motocicletas, en cambio, son muy otra cosa. Por alguna curiosa noción, casi todos los que las tripulan piensan que tienen no solamente el derecho, sino la obligación, de llegar a todos lados en la mitad (o menos) del tiempo razonable. El exceso de velocidad parece no existir para estos componentes de la fauna urbana. Y ni quien diga nada. Culebrear entre los otros vehículos es la norma, poniéndose a sí mismos en peligro y poniendo en riesgo a los demás. Parece que casi ninguno ha leído la normatividad correspondiente en los reglamentos de tránsito. En medio de los embotellamientos, es usual ver cómo las motos se escurren rápida y riesgosamente entre los autos parados, rozando los espejos, llevándose por poco el brazo de algún desprevenido. Por cierto, se estacionan en donde les da la gana.

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Además, con demasiada frecuencia, hay motocicletas cuyo funcionamiento rebasa escandalosamente los decibeles necesarios para moverse, y los permitidos por la ley. No es posible ni cuerdo que para mover a un solo individuo la paz de toda una calle, de un vecindario, se vea muy desagradablemente alterada. Evidentemente, estos infractores antisociales son, por su mismo ruido, altamente detectables: ¿qué espera la autoridad para nulificarlos hasta que sus máquinas funcionen silenciosamente?

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Así que volvamos a las bicicletas, a su celebración y su impulso: H.G. Wells dijo: “Cada que veo a un adulto en bicicleta tengo esperanzas en la raza humana.”

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