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Lunes, 11 de Diciembre 2017

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Verdad, ¿a quién le importa?

Verdad, ¿a quién le importa?

Verdad, ¿a quién le importa?

Según el recuento del Washington Post, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lleva la friolera de 836 mentiras o afirmaciones engañosas en seis meses de gobierno, esto es más o menos un ritmo de 2.4 mentiras o medias verdades por día.

Su mentira favorita, que ha repetido 44 veces, es decir que la receta en promedio cada cuatro días, es que La Ley de Cuidado de Salud Asequible, que todos conocemos como Obamacare, está muerta: 44 veces la ha matado y 44 veces ha resucitado.  

Que un vendedor de proyectos inmobiliarios mienta no ofende a nadie. Con todo respeto (Peje dixit) para los vendedores de bienes raíces, no nos sorprende que, en el afán de vender, alguien mienta, diga una verdad a medias o simplemente exagere.

Pero, que en el país donde la mentira es (quizá hay que decir era) lo más penado, como Estados Unidos, el presidente mienta con tal naturalidad y frecuencia nos hace pensar que realmente algo cambió o se rompió, que la verdad ya no es lo que era o al menos ya no tiene el valor que tenía.

Seamos sinceros: ¿de verdad importa la verdad? El primer impulso será decir que sí, que importa e importa mucho, pero en la práctica todos tenemos ejemplos y evidencias de que la verdad es cada día menos importante, con lo que eso significa no sólo en términos políticos sino incluso de convivencia social. Es un lugar común decir que los políticos mienten, o al menos que nunca nos dicen la verdad: no les puedes creer ni la hora nacional, no digamos una cifra que tenga que ver con el comportamiento de la economía. Hay, pensamos, un límite a la mentira, a la forma de dorar la píldora, de esconder la verdad, que hemos tolerado. Pero, ¿qué pasa cuando el presidente del país que sentó en el banquillo de los acusados al presidente Clinton por haber falseado su declaración sobre su relación con una becaria de la Casa Blanca, miente de forma compulsiva? El sistema se paraliza. Ha sido tal la avalancha de mentiras y medias verdades en estos meses que es imposible perseguirlas. Las verdades alternativas, como ha llamado el equipo de Trump a las mentiras flagrantes del presidente, se imponen no porque sean más o menos creíbles, sino por el descrédito de la verdad.

Nada es como antes: las famosas verdades alternativas, a las que hace alusión el equipo de Trump, se instalan sin problema en la discusión pública porque los referentes de realidad se esfumaron, porque brincamos de la verdad como absoluto de la edad media, a la verdad como construcción social en la modernidad y ahora a la verdad como producto intercambiable.

Lo preocupante no es que Trump mienta, está en su ADN de vendedor y de político. Lo preocupante es que mienta con tal facilidad y frecuencia y a nadie le importe.

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