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Una semblanza de su partida

Una semblanza de su partida

Una semblanza de su partida

Maru Casillas fundó Galilea 2000, lo que hoy es Albergue Fray Antonio Alcalde.

“Quiero comunicarte que por motivos de salud he presentado mi renuncia como directora de este Albergue, tarea que como sé que bien lo sabes, he venido desempeñando desde el 6 de junio del año 2000.

Para mí ha sido un honor haber compartido mi vida durante estos años con los enfermos en pobreza y desamparo. Por ellos y para ellos he trabajado con dedicación y amor sin escatimar tiempo ni esfuerzo para dignificar sus vidas. Dejo una Institución bien conservada, limpia y ordenada, que ofrece servicios de calidad; dejo una Institución consolidada que ha crecido y camina con inercia propia, por lo que me voy dichosa y humildemente agradecida. Después de 17 años puedo decir con reverencia, con plenitud y alegría: ¡Misión cumplida!

Quiero darte las gracias por tu confianza depositada en mi persona y en mi trabajo, por tu apoyo incondicional, por tu interés en todo lo referente a esta causa que has convertido en tuya;  gracias por tu trato digno, amable y fino; y por si esto no fuera bastante, recibí, además, tu aprecio sincero. Trabajar a tu lado ha sido un honor para mí.

A todos y cada uno de quienes nos han favorecido con su donativo y presencia en esta obra de amor y justicia no tengo palabras para agradecer su valioso aporte, su tiempo y su generosidad que nos ha ayudado a hacer el bien a los más necesitados; por haberse sumado a la labor que aquí se desempeña, mostrando además un gran cariño por la causa. Gracias por su disposición genuina para hacer el bien desinteresada y amorosamente. Gracias por sus donativos que han enaltecido su nombre y han salvado y dignificado vidas.

Confío plenamente que se tomarán hacia el futuro las mejores decisiones que lleven a este albergue por los caminos que permitan seguir atendiendo con eficacia y calidad “a la Humanidad Doliente”, como fue siempre el deseo de Fray Antonio Alcalde. Yo continuaré como voluntaria en Galilea, pidiendo que Dios me dé la gracia de ser fiel hasta el último día de mi vida a esa vocación que puso en mi corazón. Solo dejo el cargo de dirección, mas no la misión. Te pido tu confianza para el equipo que he conformado en Galilea, y que así como yo creo profundamente en quien he dejado al frente, tengas la certeza de que Paulina y todo su maravilloso equipo sabrán dar continuidad y solidez a nuestra Institución.

Te bendigo, bienhechora y hermana, por haberme dado el honor de caminar a tu lado, y te ruego con vehemencia que sigas apoyando esta obra de amor y hermandad que nos une en torno a lo que es justo y bueno. Gracias por haberte sumado a nuestro intento de construir un mundo más justo y humano. Bendita seas”.

Sigue caminando a nuestro lado.

Gracias, gracias infinitas.                                                            

“Un día mi caminar tomó un rumbo inesperado; mis pies fueron dirigidos por un poder sagrado hacia el santuario del dolor, como si hubiera sido revestida de la vocación de mi padre, pero en vez de curar los cuerpos estaba siendo llamada a sanar las almas. Así le pareció bien al hacedor de todo lo creado. Y yo me inclino ante Él agradecida. Perdida siempre en esos pasillos interminables del Hospital Civil que conectaban una sala con la siguiente, recuerdo nítidamente murmurar en mi corazón que cada paso que diera era una ofrenda de ternura para mi amado Señor y para cada ser humano que clamaba humanidad en esas camas de duros y calurosos colchones forrados con mantas tan tiesas y ásperas que no me gustaban ni para la tilma de Juan Diego.

Di cientos y cientos de pasos yendo de cama en cama. Otros miles buscando un refugio para sus cansados cuerpos. Y otros incontables atravesando los patios y rincones de estos hogares de amor donde han encontrado consuelo y amparo los peregrinos que por fin llegan a un trozo de su propia patria. Donde pertenecen. Donde vuelven a sentirse humanos al toque de una mano que los acaricia y un paño que seca su llanto. Millones de veces volvería a andar esos pasos dados. Mi corazón vibrante y emocionado percibe el aliento que retorna a sus espíritus maltrechos por la injusticia de la vida que los ha arrinconado. Y mi ser se estremece al saberme una de ellos, una con ellos, oh vocación bendita que me hermana con el calvario atisbado de luz resucitadora y resucitada.

Pasos buscando un espacio para los niños enfermos o discapacitados cargados a cuestas por sus valientes madres; pintada de colores brillantes y alegres, quizá para que mi corazón no sienta la pesadumbre de un sufrimiento inocente que se estrella en mis pensamientos y en mis oraciones sin encontrar esclarecimiento ni justificación frente a mis ojos humanos; pasos buscando lo más digno para confortar a los que atraviesan sus últimos meses de lucha valiente; pasos que tratan de aligerar el cansado caminar de quienes no tienen más esperanza en la vida que la que les podamos prodigar con un acto que no es limosna ni caridad mal entendida, sino que se llama simple y solamente justicia. Cuánto dolor clavado en mi alma, pero cuánto consuelo haber visto con mis propios ojos resucitar, -literalmente-, a niños consumidos en la depresión por la pobreza y la imposibilidad de tener una existencia entre juegos y risas, y cuya niñez, en cambio, ha sido llenada inexplicablemente de dolor, de lágrimas y carencias al extremo. Y entonces solo les queda llorar; llorar despiertos y llorar dormidos; y al abrir los ojos preguntar por qué amanece su carita llena de llanto. Quisiera estar exagerando. Quisiera que estas palabras solo fueran un juego literario pero son la más cruda realidad, la que hace estremecer a mis entrañas y decidir con el corazón firme y con profunda emoción que estaré con ellos hasta la muerte. De la forma en que mi cuerpo y mi alma me lo permitan, estando segura de que el ingenioso amor conducirá mis pasos, esos que ahora se ven ensombrecidos por la inminencia de la retirada de algo que he amado como a un hijo propio.

Lugar de desahogo convierto estos renglones, porque por razones de salud estoy a unos cuantos días de que se acepte mi renuncia como directora del Albergue, y me pregunto mil veces cómo haré para seguir a su lado, qué formas nuevas me serán inspiradas para no renunciar a esa vocación a la fraternidad y a la justicia. Para poder seguir vivenciando y agradeciendo que los pobres me confirmen que Dios es Padre de todos, que su amor providente los acompaña y que el Señor fiel cumple una promesa escrita en su Palabra y firmada con la sangre del Hijo de Dios de estar con ellos hasta el fin. De ese tamaño es la confianza de Dios en el hombre, que le confiere el poder de atestiguar la veracidad de su Nombre de Padre. Misterio insondable, tan profundo que cuando me siento en él inmersa, parece que me estalla el corazón de asombro, de gratitud y de amor.

Son tan pequeños los pasos del amor, y sin embargo tan grandes, que al experimentar su significado en hondura, explosiono en admiración y agradezco que tú no hayas permanecido indiferente a la invitación a construir esa enorme red amorosa que salva no a los indefensos, sino a quienes tomamos la decisión de extender nuestras manos hacia ellos. Porque somos nosotros los que somos salvados en esos pequeños enormes actos de amor. Mi ruego esta noche es que se me dé la gracia de la perseverancia en esa decisión vital y radical con todo lo que conlleva, y que no es peso, porque lo que se ama no pesa, lo que se ama se abraza con ternura, con decisión y con esperanza.

Esto lo traigo a colación por aquello de que un día las campanas anuncian retirada. Mi día está marcado y me encuentro entre la emoción de volver a un origen impensable donde el júbilo y el descanso merecido de cuerpo y alma resuenan como bronces de festejo. Pero también son campanas que me remiten a esas 24 horas que sin parar retocaron en la iglesia del Santuario de María para llorar la partida de su gran benefactor y genio de la caridad, mi tan amado padre Fray Antonio Alcalde. Suenan ya las campanas que cantan un adiós a mis pasos dados aquí y ahora, para darlos nuevos y serenos, cumpliendo de formas inusitadas mis más profundos anhelos y sueños de hermandad, volviendo a los sencillos orígenes, buscando formas frescas de presencia y de caricias que sigan dignificando a los seres humanos. También yo soy uno de esos seres humanos que necesito ser abrazada por mí. También mi esposo, mi compañero fiel, recto y sencillo como una florecilla de campo, espera que mis pasos desaceleren su ritmo para posarse junto a los suyos y emprender juntos el viaje final.

Quizá esos últimos pasos sean sostenidos por un bastón o una andadera, pero hablando en el lenguaje en que mi alma suele dialogar, seguramente serán pasos sostenidos por la mano amorosa de mi Padre y Madre en cuya mente fui pensada, en cuyo vientre fui gestada, de cuyo Espíritu nací, en cuyo corazón fui sostenida cada paso que he dado en esta vida mía, y en cuya resurrección seré resucitada.

Agradezco cada paso que me hizo humana, que me llevó al encuentro de los desposeídos de la tierra pero que poseerán la Patria prometida en herencia. Bienaventurada soy por cada paso que mi alma ha dado para limpiar mi corazón, para buscar la pobreza de espíritu, para luchar por la justicia y la bondad. Dichosa soy porque en ese trayecto he sido perseguida y la cruz ha sido el sello que ha marcado esta obra como pertenencia divina.  Bienaventurada me siento porque sé a quiénes llama Dios “hijos suyos”, y yo he sido contada como uno de ellos. Y más dichosa seré si el Espíritu me sigue dando sencillez de alma para saber, reconocer y decir a los cuatro vientos que todo en mí ha sido obra suya, que su gracia me tocó desde las entrañas de mi madre, que cada paso que dí, por su misericordia me acercó más y más al amor verdadero, al Verdadero Amor.

Gracias porque caminaste a mi lado. Para mí ha sido un honor”.

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