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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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Una plática entre Generales y la fuerza del mercado

Cuando el general Salvador Cienfuegos habló por primera vez con el nuevo secretario de la Defensa de los Estados Unidos, James “perro rabioso” (así le dicen) Mattis, lo primero que le dijo era que en México había mucha molestia por las cosas que se estaban manejando en la Unión Americana sobre nuestro país y que sinceramente esperaba que no se llegara al extremo en el que se tuviera que tomar medidas de este lado de la frontera.

El general Mattis un hombre muy respetado (y un poco temido) en el ámbito militar de su país, por su participación directa en Irak y Afganistán, es un personaje extraño: un intelectual que devora libros de historia, un militar que nunca se casó ni ha tenido hijos y cuyo único compromiso, dice, es con el Ejército y que le ha dicho a sus soldados en el frente cosas como “sé cortés, sé profesional, pero ten un plan para matar a todos los que conozcas”.

El general Cienfuegos esperaba una plática dura con su homólogo estadounidense, pero éste lo sorprendió diciéndole que lo entendía, que las cosas mejorarían y que lo único que le pedía era que la relación entre las fuerzas armadas de los dos países siguiera siendo excelente, como hasta ahora. Que ya tenía conocimiento del intenso intercambio y colaboración que había habido durante los ocho años de la administración Obama y que su objetivo era que ahora con el presidente Trump las cosas siguieran por ese mismo camino.
Uno días después, llegaron a México el secretario de Estado, Rex Tillerson, y el del Homeland Security, otro general, John Kelly, y que había sido, entre otros cargos, jefe del comando Sur (que incluye la relación con todos los países del continente, salvo México y Canadá, que están inscriptos en el llamado Comando Norte) del Ejército de su país. El general Cienfuegos, junto con el secretario de la Marina, el almirante Vidal Soberón y el canciller Luis Videgaray, fueron invitados a cenar con Tillerson y Kelly, por la embajadora Roberta Jacobson.

Cienfuegos y Kelly ya se conocían desde que éste estuviera en el comando Sur. Kelly se adelantó a las presentaciones para saludar a Cienfuegos, abrazarlo y disculparse por no vestir el uniforme para recibirlo. La plática, dicen, fue agradable y como se ha publicado cuando Tillerson y Kelly vieron el tuit del presidente Trump diciendo que la deportación de migrantes sería una operación militar, Kelly insistió en que era un error y que él mismo lo corregiría públicamente en México, lo que hizo muy poco después. Una vez más, el encuentro fue cordial y, como también le había ocurrido al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio con Kelly en una plática telefónica y en un encuentro en Los Pinos, sorprendentemente constructiva.

Ayer un periodista le preguntó al líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, si creía que México pagaría por el muro que Trump insiste en construir en la frontera y McConnell aceptó que México no lo pagaría, contradiciendo una de las promesas de campaña de Trump. Y agregó que obviamente estaba a favor de la seguridad fronteriza, pero que había algunos lugares de la frontera donde probablemente el Muro no era la mejor forma de protección.

Quizás no debería ser motivo de sorpresa. Mattis y Kelly son profesionales, dos militares con larga experiencia fuera de los Estados Unidos y con los que se puede o no estar de acuerdo, pero que tienen una visión que va más allá de lo obvio. Algo similar ocurre con Tillerson, sin experiencia diplomática pero durante años director de Exxon y por ende un buen conocedor del mundo global. McConnell es uno de los republicanos con mayor experiencia legislativa.

Se podrá argumentar, y es un hecho cierto, que la seguridad es central en la agenda de la administración Trump y que, por una parte, ha habido durante años una colaboración muy importante entre los dos países que nadie quiere perder, y por la otra que es un capítulo en el cual Estados Unidos necesita más a México que nosotros a nuestros vecinos del Norte. Pero la cordialidad en ese ámbito no parece ser exclusivo.

El secretario de Comercio, Wilbur Ross, ha insistido una y otra vez en los últimos días en que la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte se hará de forma tal que beneficie a los tres países, no ha dicho jamás que lo que busca su gobierno es abandonarlo e incluso sostuvo que el peso mexicano se fortalecerá con la renegociación que se iniciará hacia fines de año.
 
El peso, en efecto, se ha revaluado en forma importante como consecuencia de esas declaraciones. Para muchos especialistas, la posición asumida por Ross (un notorio especulador de Wall Street, le dicen “el rey de las bancarrotas”) es un reflejo de algo en lo que hemos insistido muchas veces: son el mercado y las grandes empresas globales los que le pondrán límites al propio Trump, al tiempo que la realidad en los temas de seguridad se impondrán por su propio peso específico en la relación bilateral. Más allá de los tuits del solitario inquilino de la Casa Blanca.

 

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