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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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Una barrera vacía

Por José Luis Baruqui Michel

Carta abierta al Lic. Francisco Baruqui Michel

Querido hermano: Te escribo estas líneas desde el vacío tan grande que nos ha dejado tu inesperada partida, y que aún, tres semanas después, no alcanzo a dimensionar lo profundo de la herida que se ha abierto en nuestras vidas. Y a pesar que creemos que cuando nos llega la muerte, de forma inexorable, debemos aceptarla como parte natural de la vida, qué difícil es entender que ya no estás con nosotros.

Y se agolpan en mi memoria un cúmulo de recuerdos que me hacen vivir de nuevo las claves de nuestra unión fraterna, forjada a fuego desde nuestra tierna infancia en aquella casa paterna tan entrañable, con aquel patio tan sevillano, albero de nuestros sueños infantiles, escenario donde cuajamos tantas faenas de orejas y rabo al toro de la ilusión, y donde penetró en nuestra alma de forma indeleble y vocacional, el sentimiento profundo del toreo.

Cómo recuerdo los regaños de mi madre, al descubrir que sus espaditas de asar carne, gracias a la magia de nuestra inocencia infantil, se convertían en estoques que propinaban volapiés en todo lo alto a los miuras de turno, que no eran otros que aquellos macetones de azulejos que con su tierra negra y húmeda, eran morrillos en donde coronar una faena bien estructurada y sentida desde nuestra mente quijotesca. O aquel encontrar que el triciclo de Tere mi hermana, al voltearle el manubrio al revés, se convertía en una carretilla con cuernos, donde entrenar nuestras faenas futuras. ¡Inocencia torera!

Recuerdas la emoción que nos invadía, al ver llegar a Alvarito, el camillero de la enfermería de la plaza, trayendo a casa los deseados pases para la corrida del domingo, y a la cual asistiríamos de la mano de nuestro padre, llevándole su maletín de médico, que además contenía lo más importante de la tarde, la sangre que pudieran ocupar los toreros. Y yo pensaba, por qué no estuvo mi papá presente en la aciaga tarde de Linares. Seguramente Manolete se habría salvado con el contenido de mi maletín. ¡Qué sensación llegar a la plaza en aquella ambulancia. Pareciera que sin nosotros, no podía empezar la corrida!

Y escuchar al doctor Mota Velasco describir la pinta de los toros al saltar al ruedo, y los comentarios del doctor Pérez Lete, grandes aficionados y ambos apóstoles de los héroes de luces. Primeros aprendizajes que dejaron pozo de cultura taurina y una avidez por aprender y vivir el mundo del toro por dentro.

El impacto en nuestra alma virgen de aficionados, ante la cercanía del ruedo y del toro. Como en la vida, siempre el toro. Como un dios pagano y mitológico a quien se debía respetar por encima de todo.

Juegos infantiles que marcaron nuestras vidas de una forma indeleble y nos llevaron a lo largo de ellas a profundizar, estudiar, participar de muy distintas maneras en lo que se convirtió en nuestra pasión y forma de entender la vida, y eslabón que nos unió siempre, prevaleciendo por encima de cualquier diferencia de carácter o forma de ser, el sentimiento compartido del toreo, convertido en religión, y entendido como una actividad del espíritu.

Y vivimos el miedo de ponernos delante, y entender un poco lo que se vive en el ruedo, el olor acre del toro y la arena cimbrándose a su paso. La alegría de verlo venir, acometiendo. El roce de su piel al enroscarse en la cintura de un natural soñado y el desahogo de verlo pasar para ligar el de pecho. ¡Qué locura maravillosa!

Y ahora entiendo que esa locura compartida nos convirtió taurinamente en una misma persona, generando una unión que pesaría por encima de todas nuestras diferencias. Lo que en la vida comienza jugando, muchas veces nos define a lo largo de la misma, y esta pasión compartida desde niños, aderezada por su fuerza visual y ritual, ¡y rebozada en el miedo, en el peligro, con la presencia de la muerte siempre rondando, y posándose gracias al arte, en el testuz del dios toro, y en la historia de Pepete, de Joselito, del Espartero, de Manolete! Aquí la muerte es de verdad. Como ahora la tuya.

Y así jugando empezaste a escribir. ¡Recuerdas cuando llegaste a decirme que te habían invitado a escribir a El Informador, y te dije que lo pensaras muy bien. Que te iba a causar enemistades decir lo que pensabas, y si no lo hacías, era yo y el aficionado quien te lo iba a reclamar!

Y lo hiciste logrando la admiración de los que te aplaudieron y los que te criticaron. Como figura que has sido. ¡Cuánto luchar por el toro auténtico! ¡Cuánto luchar por edad, trapío y puntas, en un medio tan prostituido entonces!

Y España. ¡Tan entrañable, tan propia! ¡Madrid Mesas redondas. Círculo Mercantil e Industrial. Claude Popelin, José Antonio del Moral, Álvaro Arias, José Montes, Ricardo Díaz Manresa, José Juan de Ayala, y desde luego nuestro queridísimo José Miguel Ibernia. Radio España! Han pasado casi 50 años de ese peregrinar. La corrida de hoy a examen. San Isidro. Siempre San Isidro. Cómo disfrutamos y cómo aprendimos siempre juntos. Cincuenta años de fidelidad a Sevilla y su maestranza, a San Isidro, a las fallas valencianas, a Bilbao. No necesitábamos hablar. Lo veíamos igual . A los toros y a los toreros. Compartíamos el gusto por los artistas y la admiración por los del valor.

Y por la autenticidad y caballerosidad de las personas. Eduardo Miura Fernández recordado siempre.

¿Ahora con quién voy a hablar de toros? Cómo disfrutábamos nuestros temas. Y Portugal con sus saudades. Toreros de traje corto. Tentaderos en Oliveira, en Cabral d’Asuncao, en Palha. Tu maestro don Manuel García Santos y su hijo Pepe Luis. Saudades y amistades de toda una vida.

Y después de todo lo vivido juntos, Dios te ha llamado prematuramente. Tu partida ha sido una inesperada cornada de las que hieren profundamente. Y me consuela el pensar que te has ido como muchas veces comentabas que lo desearías hacer cuando fuera tu tiempo. Sin agonías inútiles, sin sufrimientos y en plenitud. Como los grandes. En tu mejor momento, con tu mente rebosante de ilusiones, rodeado de amigos, en tu Madrid que parecía estar hecho para ti, en tu Wellington, arropado entre sedas y oros, de todos los toreros y sus cuadrillas como cantaría Machado a don Guido:

“Murió don Guido un señor
de mozo muy jaranero
muy galán y algo torero
de viejo gran rezador”

Te fuiste llevando en tus retinas y tu alma, el romance de valentía de Fortes y la barroca caligrafía de las medias verónicas de Curro Díaz, a quienes viste torear la tarde anterior. En resumen, las dos grandes columnas que sostienen el templo del toreo. El valor y el arte.

Y siguiendo con Machado:

“Tu amor a los alamares
A las sedas
Y a los oros
Y a la sangre de los toros
Y al humo de los altares”

Y te llevaste tu pluma, dejando huérfana de orientación a la afición, y de exigencia a quienes manejan la fiesta en nuestro país después de tanta lucha por darle categoría a nuestra plaza. ¿Quién podrá llenar ese profundo vacío que has dejado? ¡Cómo te echará de menos la cofradía del aficionado!

Por todo ello, hoy te toco las palmas al verte salir por la puerta grande, como gran figura que fuiste como crítico orientador, como torero en la vida, y como hermano, y a mi lado sólo ha quedado... ¡Una barrera vacía!

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