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Un día feliz

Nomás de entrada, el juicio que elaboré, como tantos otros que habré procesado sin mucha responsabilidad, fue sumario. Ni me molesté siquiera en averiguar sobre el asunto antes de decretar que mi cuñada me estaba cotorreando o que de plano, la chiluca le había patinado con esa alimentación tan sana y balanceada que se ha impuesto de unos meses a la fecha.

¿Neta?, ¿lo dices en serio?. ¿no me estás cuenteando?, ¿te cái?, le solté en retahíla todas las frases que me sé para expresar incredulidad. No se me dificultó creer que, por andar comiendo tanta zanahoria cruda ya estaba empezando a inventar cosas, o que su frecuente ingesta de quinoa le estaba pasando la factura. Habrán de disculpar mi ignorancia, pero mis veredictos no podían ser menos descarnados cuando la susodicha me informó que recién se había celebrado, nada más y nada menos, que el “Día Mundial de la Felicidad”.  Con cara de estupefacción mayúscula, no discurrí más que expresar, como dicen mis alumnos cuando no saben qué toca hacer o los pasos a seguir, Y como ahí ¿qué?

Creo haber vivido los suficientes años para asumir cuanta ocurrencia se inventa la humanidad para celebrar, honrar, festejar y conmemorar cuanto personaje, rol, oficio, emblema, hazaña, especialidad y sentimiento que han estado presentes en el planeta, al punto de que al calendario ya no le queda un día libre para asignárselo, digamos y ya nomás por divagar a lo loco, al perro, al gato, a las fanerógamas o al jitomate bola ¿pero a esa condición tan subjetiva y relativa como es la felicidad? ¿Cuántos, por qué motivos y con qué actos podrían celebrarla en el mundo?

Y pues ya andando en eso de la investigadera, me tomó dos teclazos enterarme que por iniciativa del Reino de Bután (que ni sé ubicar en un mapa), en donde la Felicidad Nacional Bruta es más importante que el Producto Interno Bruto, la ONU secundó su idea de honrarla como se merece y proclamó el 20 de marzo como el Día Internacional de la Felicidad, “para reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno”… ajá.

Pero lo mejor de todo es que yo misma, con todo y mi infame ignorancia al respecto, festejé tal condición por todo lo alto y fui inmensamente feliz porque ese día, consagrado oficialmente a la conmemoración del natalicio de un benemérito que ya falleció, el despertador no me levantó de golpe, ni me curé el remanente de sueño bajo la regadera, ni tuve que peinarme y maquillarme antes de salir corriendo con rumbo a la chamba para dedicar las siguientes siete horas a la doma de bravos mozalbetes.

Entonces fui extremadamente feliz porque tales afanes cotidianos me fueron desplazados por un cafecito en pijama, en calma y sin más pendientes que disponerme a consumir un suculento desayuno que, para detonar el colmo de mi felicidad, ocurrió en la menudería de mis preferencias, de donde regresé para adjudicarme un nuevo café frente a la computadora puesta en Facebook y luego la tableta en Netflix, hasta que llegó la hora de ordenar a domicilio un delicioso tepanyaqui que engullí con una felicidad fuera de serie. De modo tal que nadie podrá decir que, aun ignorando la existencia de semejante celebración mundial, me uní a ella con sinceridad y deseos de que la instalen por lo menos cuatro veces al año. Y no sé si les sorprenda, pero a mí me dejó los ojos de plato enterarme que también existe el Día Internacional de la Florera. De tarea les dejo que investiguen la fecha y me lo comuniquen para unirme como amerita semejante festividad.

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