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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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Un canto que se ha apagado

Por Xavier Toscano G. de Quevedo

¿Qué día es hoy? Si nos respondemos con nostalgia, afirmaremos que es el quinto día después de que se han callado los cantos de los corredores a su Santo Patrono “para que los cuide en el encierro, dándoles su bendición”, en la ciudad de Pamplona.

Y es que apenas dos semanas atrás, los pamploneses preparaban su ciudad para recibir no a miles, ya que sería más exacto afirmar que fueron varios cientos de miles, —obvio que unos estuvieron primero y otros después— de visitantes durante los 10 días que duraron sus festejos.

Seguramente y es el motivo principal, que durante este lapso de tiempo la afluencia numerosísima de paseantes que tenían literalmente abarrotadas, o será mejor utilizar la palabra “congestionadas”, las calles de la ciudad navarra, es indudable que representó para las arcas públicas y los comerciantes una muy importante derrama económica —motivo central, fundamento y fin de cualquier feria, ya sea en la más emblemática de las ciudades, o en la más austera localidad— como sucede cada año.

Pero si nos cuestionamos: ¿y en lo estrictamente taurino? Aquí sí que se titubea, seguramente que para algunos “aficionados de Pamplona” y de otras latitudes del universo taurino, les faltarán palabras, y su voz se escucha vacilante, al NO poder afirmar tajantemente y con plena seguridad, que “Los Sanfermines” de este año —y tristemente de la últimas décadas— han sido de un importante logro en materia taurina.

¡Es que el mundo ha ido cambiando! Podrán opinar algunos, y ya me imagino lo que dirán todas aquellas personas que no pueden, no saben respetar, y nunca han entendido lo que es nuestro mágico Espectáculo Taurino, pero que asisten a la Feria de San Fermín. Y aunque pareciera reiterativo, es necesario remarcar una y mil veces, que las Festividades de la ciudad navarra, son de una tradición y origen medieval —no es un producto nuevo, ni improvisado y mucho menos carnavalesco para un turismo prosaico— de cuando los pastores y mayorales hacían sus entradas a la ciudad “arriando los toros bravos” que habrían de lidiarse en la plaza mayor, que era el lugar en el cual se realizaban los festejos taurinos. Con el paso de los años el trabajo de los pastores y mayorales se convertiría en los hoy afamados universalmente “encierros”.

Sí, se dieron algunas tardes agradables, pero ninguna que llegará finalmente a ser histórica por lo realizado en el ruedo.

Sí, reses de impecable presencia, y este es un logro más de la Casa de La Misericordia, que cada año vigila la materia prima de esta fiesta; EL Toro Bravo.

¿Qué fallaron la mayoría de los ganaderos? ¡Claro, por supuesto, era obvio! ¿Quién esperaba algo diferente con el común denominador de su encaste?

Otras, ya lo comentamos, de no gratos recuerdos por los percances que se multiplicaron en éste año.

Y para estar acorde con los “fiesteros” —¡faltaba más!— que pésima, deplorable, negligente y lánguida actitud de quienes presidieron los festejos.

Sin embargo, sí continúan las actitudes positivas, y todavía vemos un importante número de aficionados, público y “auténticos corredores” que entonarán con pasión sus cánticos y plegarias el próximo año, ya que NUNCA han olvidado y siempre estará en su corazón, que la celebración de sus fiestas es una explosión de alegría, en donde el Eje Central y Único de sus “Sanfermines”, es y siempre será, su Majestad El Toro Bravo.

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