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Domingo, 13 de Octubre 2019
Ideas |

Tlatlaya

Por: Sergio Aguirre

Tlatlaya

Tlatlaya

Pocas veces utilizo este espacio para hablar de la inseguridad y principalmente de matanzas. Me parece que hacerle eco a los mensajes o acciones de sangre de las mafias no es la finalidad de este espacio. Los hechos de sangre se explican casi solos.

Sin embargo los hechos recientes acumulados de violencia letal en poco tiempo (Iguala, Tlatlaya, asesinatos políticos, desapariciones) atribuídos a las fuerzas del gobierno son de llamar la atención. De entrada el que escribe ya había adelantado que de una u otra manera el Presidente Peña Nieto tenía que continuar en esencia con la estrategia del enfrentamiento contra el control territorial de los cárteles y demás bandas criminales que inició el ex presidente Felipe Calderón. No hacerlo hubiera implicado la renuncia del Estado Mexicano a la soberanía nacional en los lugares donde ellos pretenden imponer su ley con los abundantes recursos y armas que les genera su actividad. De ahí que el abogar para tomar estos siniestros eventos como pretexto para dejar de enfrentar el control territorial del crimen es una postura equivocada.

Luego y después de los daños a las víctimas familiares, la muy mala imagen que nos da a nosotros mismos y hacia el exterior: a veces parece que no queremos dejar de ser un país bananero y áspero, el del “mátenlos en caliente”. Porque por donde se le vea, los asesinatos a manera de ejecuciones sumarias (el caso más grave de los que hablamos) y también los demás son injustificables. Y provocan más desconfianza en las instituciones, en los mercados, y respecto de nuestras propias expectativas de seguridad y tranquilidad.

Dicho de otra forma: este tipo de bestialidades nos afectan a todos y por eso nos debe de importar que no ocurran. Cada vez que pasan y además no se castigan, nuestros “bonos” como país bajan. De ahí que los pocos despistados que incluso aplauden estos hechos por tratarse de delincuentes, son como el que aplaude al ladrón de su cartera.

Conforme los indicios fueron acumulándose (hay que recordar que el evento de Tlatlaya se pretendió esconder y las evidencias fueron saliendo a cuentagotas), hasta el punto donde a mi criterio esas ejecuciones sumarias o fusilamientos efectivamente pasaron, lo primero que sentí fue una gran pena ajena-propia y creo que a muchos de los lectores también les pasó algo parecido. Y luego por supuesto indignación, sin importar que las víctimas eran presuntos delincuentes.

Lo bueno es que ya hay algunos arrestados, dicen algunos. Pero eso no es suficiente porque el problema es la impunidad (cuya reducción no se ve claramente como objetivo del gobierno) la cual como se ve, también motiva a algunas autoridades a comportarse como los criminales a los que dicen combatir, arrogándose el papel de los “mandamases” de vidas y haciendas.

Los Derechos Humanos no se deben violar. Pero tampoco se puede dejar que las mafias gobiernen territorios. Y es responsabilidad de las autoridades saber actuar respetando los primeros mientras se evita lo segundo.

 

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