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Domingo, 20 de Enero 2019

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Temas para reflexionar

Por: Flavio Romero de Velasco

La banalidad y rapidez en la que los medios reseñan el diario transcurrir de la realidad que vivimos, ha ido diluyendo paulatinamente el caso estremecedor de “Mamá Rosa” y el albergue “Gran Familia” en Zamora, Michoacán.

Nadie niega que las condiciones de vida en tal lugar que nos presentaron simplificadas y a todo color sean falsas. Lo que es engañoso y amañado, fue la espectacular demonización que se hizo de Mamá Rosa, directora y dueña del albergue; el operativo policiaco desplegado para irrumpir en el establecimiento, y la imagen de una señora que durante 60 años se dedicó a construir una especie de gulag mexicano para la explotación sexual y la degradación de cientos de niños y jóvenes que allí vivieron muchos años… Mujer buena que en un momento de su vida, decidió dedicarse a hacer el bien y asumir con la complacencia del Estado, parte de los muchos males de la sociedad: niños abandonados, huérfanos o malqueridos; mujer caritativa enfrentada a cientos de niños y jóvenes a los que debía educar y alimentar… ¿En qué momento el orden y el control perdió su proporción para convertir el albergue en un lugar de hacinamiento y brutalidad?…

La fuerza de carácter en las personas tiene sus límites para hacer valer con determinación y mando órdenes y disciplinas. ¿Acaso Mamá Rosa con más de 80 años de edad, tenía el vigor y el carácter para ejercer control y vigilancia sobre empleados que trabajan en el albergue? Es obvio que el aflojamiento y la laxitud en el mando se tradujera en abusos, desórdenes y conductas delictivas… Todo lo acaecido en este impresionante suceso, evidencia a una sociedad que, desgarrada en su tejido social, ha sido incapaz de proteger a niños y jóvenes desentendiéndose de ellos y abandonándolos a su suerte… El albergue llamado eufemísticamente “Gran Familia”, lejos de haber sido refugio y cobijo para niños y adolescentes, acabó convertido, por incuria, en muladar y mazmorra.

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En nuestro país, no son pocos los gobernantes enfermos de optimismo o desvergüenza, que son capaces en su osadía de enmendarle la plana a la realidad, recordándonos lo felices que somos y la obligación que tenemos de ser optimistas.

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Sería bueno que en México, como diría el cuentista Salarrué, hicieran de vez en cuando una buena redada de orates, dado el alarmante número de ellos que pululan en ciudades enloquecidas como la nuestra.

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En los espacios de la inteligencia, también abundan los imbéciles.

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En nuestros días, el inconformismo de todo y por todo, ha propiciado un día sí y otro también, enormes manifestaciones vociferantes sin comedimiento ni respeto al derecho de los demás. Un observador de nuestra vida pública así los describe: “Todos, en caravana aterradora, van mascullando voces sin sentido en una absurda confusión sonora”.

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Pueblo que lincha, que arremete y humilla no es pueblo iracundo que pelea por sus derechos: es una turba incontrolada, es una masa enardecida.

Entre pueblo y masa, entre comunidad y turba, hay una distancia parecida a la que separa a la bestia del hombre. Cualquier grupo humano por más culto y refinado que sea, puede volver a la bestialidad si las condiciones son propicias para ello. La bestialidad en el hombre siempre está al acecho dispuesta a surgir en cualquier momento, porque el animal-ancestro, está inscrito en nuestra condición humana.

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Cada estructura corporal (morfotipo) corresponde a ciertas peculiaridades del carácter (psicotipo).

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