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Sábado, 25 de Noviembre 2017

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Tanto, tanto ruido

Tanto, tanto ruido

Tanto, tanto ruido

Si Juárez viviera, además de la madrina que les pusiera, como dice el dicho popular, agregaría a su famoso lema por todos conocido algo así como: “Entre los vecinos y entre los hermanos el derecho al silencio ajeno es la paz”. Nada provoca tantos enconos entre vecinos ni pleitos entre hermanos como el “bájale”. Y Juárez tendría razón: nadie tiene por qué escuchar el ruido del otro, porque la música ajena es ruido, no manifestación artística. Da igual que sean Vivaldi, Los Tigres del Norte o Paquita la del Barrio. No es agradable simplemente porque no es deseada.

El municipio de Guadalajara comenzó una campaña para multar a los bares y restaurantes que se excedan de decibeles, lo cual está muy bien y se agradece (Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá, Tlajomulco, Chapala, Puerto Vallarta, etcétera, todos deberían hacer lo mismo). Pero no se trata sólo de que le bajen un rato y que pasado mañana se olvide el municipio y regrese el problema. El asunto es muy sencillo: si quieren subirle a la música, aíslen el lugar. Existe la tecnología para insonorizar cualquier espacio, para que el ruido no salga de un cuarto, una casa, hotel o una iglesia. El costo debe correr por parte de los empresarios, no de los vecinos que muchas veces son los que terminan gastando en vidrios dobles.

Nadie tiene derecho a molestar a otros. Yo soy de los que piensa que no debería permitirse la invasión acústica ninguna hora del día, pero empecemos por regular el ruido nocturno. Hay quien dirá, no sin razón, que los ruidos y la forma en que los hacemos son parte de la cultura: los niños hacen un ruido infernal en los patios de recreo (como si se reventara Limbo, dirían los viejos) y los vecinos lo sufren; la música en una obra suele ser a volúmenes altos y los gritos y chiflidos de los albañiles todavía más pues hay que vencer en decibeles a la banda; a los curas le encanta festejar al santo patrono despertando a los vecinos con cohetones que les recuerden que es hora de rezar; los que venden gas, con su perifoneo grabado son una monserga matutina y no se diga los pregoneros de avioneta anunciando al circo que se va desde el día que llega (“se va, se va se va, definitivamente últimos días”). Etcétera. Cada ciudad, cada cultura, tiene sus ruidos propios que las caracteriza y también su tolerancia. No se trata pues de convertir a la ciudad en un convento de monjas de encierro, sino de encontrar un nivel de convivencia armónico.

Ya lo había dicho Joaquín Sabina: “Hubo tanto ruido, que al final llegó el final”. Ojalá este sea realmente el final del abuso del ruido.

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