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Lunes, 11 de Diciembre 2017

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Tácticas de convivencia

Tácticas de convivencia

Tácticas de convivencia

No, no es diputado, como le asegura cada que puede a sus vecinos (para aterrorizarlos, me imagino y sentir que los tiene en un puño), pero sí que trabajó en oficinas públicas, estatales y federales, aunque de esto ya hace algunos años (lo recuerdo porque me tocó verlo en funciones). Lo reconocí hace unos días a lo lejos, en la calle, gritoneándole a una pareja que paseaba a sus perros por la banqueta frente a su casota (qué curioso e inusual, que un ex funcionario tenga una casota ¿no?). Ya lo había visto, antes, aunque debo confesar que sin darme cuenta de que era él quien estaba entregado a esta patética actividad: la de salir a la calle como un torbellino (medio patitranco, sí, pero todavía virulento) y reclamarles a los paseantes porque los perros ensucian los jardines exteriores de su casota. ¿Por qué ridícula? Porque (y lo digo por experiencia) uno se tarda dos minutos en barrer pero en un pleito pierde diez o quince y se arruina el hígado. Y mucho peor si, como era el caso, uno no tiene la razón. Porque la pareja increpada le demostró al ex funcionario irritable que sus perros eran inocentes (los desechos que el tipo señalaba con vehemencia como prueba estaban más secos que su carrera política) y que, en todo caso, llevaban con ellos bolsas apropiadas para retirarlos con higiene, lo mismo que muchos (aunque no, desde luego, todos, porque sobra la gente irresponsable) de los paseantes de canes hoy día.

El tipo, cuyas ínfulas de ser importante (“¡Soy diputado!”, repetía como cotorro) eran más que evidentes, pese a que una persona de ese calibre difícilmente andaría reclamando una cosa así a las cinco de la tarde y entre semana, se quedó allí, como una gárgola, murmurando improperios. “¡Bájense de mi banqueta! ¡Yo cuido mi banqueta!”, farfullaba, como un alma en pena y como si de verdad tuviera las escrituras de un espacio púbico endosadas a su favor.

Acá saltan varias reflexiones. La primera es que, pese a que sus hermanos del alma, el resto de los prepotentes del mundo, hayan sido exhibidos por las redes sociales de todas las formas posibles, todavía abundan las personas que creen que una demostración de su presunta grandeza bastará para librarlos de un problema como reyes, es decir, sin pasar por el trance del diálogo. ¿El autoproclamado diputado creerá que le vendría bien ser el protagonista de un video que circule y en el que se le etiquete como #LordDesechoDePerro o #LordBájenseDeMiBanqueta? Seguro que no. Pero ni siquiera lo piensa, porque debe de estar convencido de que la tecnología sirve para que sus nietos compren boletos del cine con el teléfono y no de la verdad, es decir, que es el camino a un pantano público del que muy pocos han salido con bien.

La segunda reflexión es que la peor forma de negociar que a uno dejen de mancharle las servidumbres de césped es salir a la calle con la actitud y la capacidad de diálogo de un Yeti. Los inconscientes que vayan dejando desechos de perro regados se lo tomarán a burla. Y a los conscientes les caerá tan mal que serán capaces de hacer una excepción a sus normas y no recoger lo que sus perros dejen por ahí. Como táctica es una completa tontería.

La ciudad es un espacio de convivencia, no un kínder donde algunos son profesores todopoderosos y otros, niños regañados. Pero, bueno, qué se puede esperar de alguien que a estas alturas presume (aunque sea falso) ser diputado, como si presumiera ser un héroe. Al lado de lo que hace un diputado promedio, lo que deja un perro en un jardín no tiene ninguna importancia.

 

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