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Martes, 21 de Noviembre 2017

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Sergio

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Conocí a Sergio González Rodríguez, entrevistándolo, en la FIL de Guadalajara del año 2000. Volví a tener la oportunidad de charlar profesionalmente con él en varias ocasiones más, tanto por sus libros de reportaje y ensayo (entre ellos los imprescindibles “Huesos en el desierto” y “El hombre sin cabeza”) como por sus obras de ficción (entre las que el tríptico “El triángulo imperfecto” me sigue pareciendo una obra sumamente rica, subvaluada por cierta ceguera crítica). En los 20 años que llevo en el negocio del periodismo pocos escritores me han parecido tan lúcidos y directos como Sergio: lo mismo si eran las ocho de la mañana que las once de la noche (los horarios de la FIL son muy flexibles), lo mismo si tenía algunos tragos encima que si estaba en época de cuidados médicos (que tuvo muchas) y se mantenía entre algodones, era un tipo articulado, elocuente, enfocado, inteligentísimo, del que se aprendía, y mucho, sencillamente por escucharlo disertar.

Sus indagaciones sobre los feminicidios de Ciudad Juárez tocó fondos tan oscuros de la connivencia entre el crimen y la política en el país que fue perseguido, acosado, amenazado, secuestrado y apaleado bestialmente a finales de los años noventa. Quedó tan tocado por aquel ataque que debió ser operado y sufrió una larga y ruda convalecencia (le gustaba recordar que uno de sus principales apoyos en aquella época turbia fue el escritor y periodista tapatío Mauricio Montiel, con quien sostuvo una amistad de lustros). Aunque se recobró y continuó en la trinchera, quizá con más ímpetus incluso que antes, las secuelas físicas de la agresión nunca desaparecieron. Interrogado sobre ello, sin embargo, se reía y lo minimizaba todo: “Estoy medio sordo por haberme dedicado al rock y medio chueco por herencia. Y la vida nocturna ya me pasó la cuenta”, me dijo una vez, en una larga charla, ya sin micrófonos de por medio, en Campeche.  Acababa de ganar el premio Anagrama, de ensayo (del que ya había sido finalista, años atrás) por “Campo de guerra” y fue a la ciudad del Golfo a dar una conferencia magistral que inauguraría un encuentro nacional de ensayistas. Su charla sobre el espionaje y las políticas de control basadas en la “seguridad” fue una de las más inquietantes que recuerdo.

Sin embargo, a pesar de que su inteligencia estuvo siempre dirigida a iluminar algunos de los aspectos más oscuros de la vida nacional y el mundo contemporáneo, Sergio era, ante todo, un tipo con un gran sentido del humor. Un practicante del humor negro, de la autoironía, de la sátira. Y un valiente, no sólo por sus investigaciones kamikaze, sino por su talante implacable para los asuntos literarios. Nunca temió llamar “peor libro del año”, en sus recordadas listas de enero, al volumen de ningún figurón. Ni temió tampoco reconocer al damnificado entre lo mejor, si lo convencía con una publicación posterior.

Sergio falleció repentinamente la semana pasada. Nadie va a llenar sus zapatos. Agradezco haber transitado parte de este camino al mismo tiempo que él.

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