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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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Retomar el camino de Proust

Retomar el camino de Proust

Retomar el camino de Proust

En diciembre del 2004 estuve en la FIL hablando de los beneficios logrados después de haber leído durante cuatro años seguidos las obras completas de Shakespeare, comentadas por seis amigos que no pretendíamos nada más que conocer los diferentes puntos de vista de cada obra leída: resultó ser un parteaguas en mi vida.

Luego lo hicimos con Ulises de Joyce y ahora, empezamos con la obra de Marcel Proust (1871-1922): En busca del tiempo perdido, que ya había leído hace unos treinta años. Hoy sábado vamos a comentar Combray, el primer capítulo del primer tomo titulado Por el camino de Swann de los siete que forman la obra completa; como es al mediodía, hemos preparado un menú como esos que preparaba Francisca en casa de la tía Leoncia allá, en la villa de Combray que es el escenario de esta primera parte en donde nos enteramos de aquel día de invierno que su madre le dio una magdalena que sopeó en su té de tila y que fue suficiente para que se le viniera encima el pasado y emprendiera la búsqueda del tiempo perdido que va desde su niñez hasta que logra recobrarlo después de haber escrito una obra que solo los genios lo pueden hacer.

Se trata de conocer todo lo que sus personajes sentían, pensaban, imaginaban y vivían durante esos veranos que iba con su familia a la casa de su tía Leoncia en Combray, una tía que vivía recostada en su camita y, a veces, los domingos le daba a probar un pedazo de magdalena mojada en su té de tila:  
“En el mismo instante en que tomé aquel trago, con las migas de la magdalena que tocaron mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior… Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal… El brebaje me despertó… dejé la taza y volví hacia mi alma… Y de pronto, el recuerdo surge…”.

Y así, escribiendo y corrigiendo hasta el agotamiento, va narrando cómo es que “la infancia surgió de inmediato como un período más hermoso de lo que él recordaba”, a pesar de que su tía “había empezado —más pronto de lo que suele llegar— ese gran abandono de la vejez, que está preparándose para morir, que se envuelve en su crisálida, dejación que se puede advertir allá al fin de las vidas que se prolongan mucho.”

Para Proust la memoria le ayudó a sanar las heridas hechas en medio de los torrentes de sucesos y fantasías que va serpenteando en la novela, cediéndole la palabra al niño o a ese adolescente que empieza a leer en el jardín de Combray al tiempo que descubrimos la codependencia de la madre —en la vida real—, que prefería que su hijo estuviera enfermo para que dependiera de ella (una enfermedad perversa) de la que Roberto, el segundo hijo y hermano menor de Marcel, se escapó para ser cirujano como su padre, que operaba en medio de los bombardeos, cargando a sus pacientes de un lado para el otro para salvarles la vida.

Proust pudo ver el interior de esas almas que iba encontrando en los paseos que hacía —a pesar del asma que padecía—, ya sea por el lado de Guermantes o por el de Swann, y va describiendo en esas largas y bien escritas historias para que nosotros podamos descubrir, eso que vayamos encontrando en nuestro propio tiempo perdido, saboreando cada uno sus cuentos de nunca acabar que se despliegan en una especie de laberinto donde siempre encontramos al final esa luz que ahora nos alumbra de los pies a la cabeza.

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