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Lunes, 11 de Diciembre 2017

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Para morirse

Para morirse

Para morirse

Por desgracia (estas cosas son complicadas para todos), en fechas recientes he tenido que asistir a un par de velorios. Ambos, realizados en casas funerarias de algún renombre, han bordeado el desastre. Explico los motivos. El primero es que los servicios y las instalaciones de los dos recintos resultan, cada cual en su estilo, totalmente inapropiados para los fines que se supone que deben cumplir, es decir, amparar el rito de despedida de un difunto y brindar comodidad y un ambiente acogedor a sus deudos.

Una funeraria, la más costosa, es indistinguible de un restaurante campestre y cuenta con una serie de máquinas de refresco, mesas y terrazas más propias de una cafetería o un salón de eventos. Es un sitio ruidoso, ostentoso, festivo. La otra, pese a su prestigio de años, es una suerte de oficina vieja, fría y decadente, que trata de compensar el escaso mantenimiento y la nula inversión en mobiliario con puras ganas: el personal se dedica a organizarles a los asistentes una serie de actividades grupales de corte espiritual (no religioso, para no cerrarse mercado), con lo que sólo se consigue que el velatorio parezca un programa de concursos televisivo.

No se trata de que todos los velorios deban ser solemnes (eso dependerá de cada deudo, de cada familiar o amigo), sino de resaltar que algo falla y eso me quedó claro por la evidente irritación que pude percibir entre quienes acudieron. La gente, en la funeraria que parece restaurante, no dejaba de mirar a todos lados y de abrir mucho los ojos cada vez que descubría un nuevo detalle de decoración desmedida (los baños, sobredorados y llenos de encajes, parecían dignos de ser usados solamente por Luis XVI, por ejemplo). En el segundo recinto, los sillones han albergado las penas de tantos que, al buscar refugio en uno de ellos, uno siente que se hunde en un pozo de arena movediza: la espuma, los resortes y el tapiz ya ameritarían su propio funeral.

Por otro lado, los precios de los servicios funerarios en nuestra ciudad han alcanzado alturas tan escandalosas que los velorios, que antaño podían durar un par de días, ahora se compactan a unas pocas horas, las menos posibles, para acelerar el proceso y evitarles a los “paganos” (por ser quienes pagan, se entiende) la pena adicional de acabar endeudados y hasta embargados. Muchos psicólogos sostienen que la función de un velorio prolongado es brindar a quienes perdieron a una persona querida la posibilidad de comenzar a digerir su ausencia en una atmósfera cálida y afectuosa (para eso se invita a otros parientes y los amigos). Pero si conseguir ese ambiente cuesta un potosí, lo probable es que la mayoría de las personas tengan que optar por encoger los tiempos a los que la cartera permita. Así, en general, hoy día una persona que muera al atardecer por causas no criminales (es decir, que no deba ser sometida a una necropsia) será velada por la mañana temprano. Para la media tarde la estarán cremando. Y sus deudos estarán de vuelta en casa menos de 24 horas después de su partida con una sensación indescriptible, porque los adioses tan efímeros son doblemente duros.

Como en tantas otras cosas, hemos de reconocer la superioridad evidente de los velorios pueblerinos del pasado, que se realizaban en casas particulares, por tiempo indefinido y con asistencia multitudinaria. No hay necesidad de ser reaccionario para darse cuenta de la diferencia enorme entre lo entrañable y lo que es solamente un pretexto para vender servicios carísimos y aterradoramente fallidos. Como dijo una viejita a su nieto en uno de los velorios a los que fui: Ya no dan ganas de morirse.

 

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