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Sábado, 18 de Noviembre 2017

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Palillos chinos

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A veces los arqueólogos e historiadores agradecen que los descubrimientos lleguen más tarde que pronto. No cabe duda que los especialistas de la Universidad de Tsinghua en Pekín, y sus colegas de todo el mundo, están encantados de que los hallazgos más importantes de las últimas décadas hayan ocurrido después de la pavorosa época del emperador Mao y su sangrienta revolución cultural, porque no habría quedado ni rastro y además nadie lo habría sabido (se ignora cuántos bienes patrimoniales se perdieron para siempre en esos años aciagos).

Entre 1993 y 2006, los saqueadores de tumbas hallaron en la región central de China, cerca del río Yangtsé, entierros de libros de alrededor del año 300 AC, una época de la cual no había testimonios escritos. El material consiste en tiras de bambú con inscripciones, que se juntaban como las varillas de un abanico para formar páginas o rollos. En 1993 las autoridades decomisaron en el poblado de Guodian unas 800 tiras. Al año siguiente, 1 200 tiras vendidas en el mercado negro fueron a dar a Hong Kong y las compró el Museo de Shanghai. Pero el hallazgo más importante fue el de alrededor de cerca de 2 000 tablillas que, también en Hong Kong, fueron recuperadas y donadas a la Universidad de Tsinghua, en Pekín, por un exalumno, en 2008.

Por supuesto que la escritura china es mucho más antigua (aunque digan que no hay culturas superiores a otras...), pero antes de que se escribiera sobre tiras de bambú o de madera sólo aparecen inscripciones breves en objetos de metal o de piedra; fue entonces ese nuevo soporte vegetal el que permitió la escritura de textos extensos: narrativa, filosofía, anales, matemáticas...

El material que los especialistas están descifrando y estudiando (y preservando, pues es frágil) bajo la dirección del historiador más prestigiado de China, el profesor Li Xueqin, revisten una importancia que jamás podría haberse imaginado. Reflejan la época axial en el pensamiento chino y hay entre esos libros algunas obras que sólo se conocían de manera alterada o que simplemente habían desaparecido desde que, en 221 AC, un digno antecesor de Mao, el emperador Qin Shi Huang, de la dinastía Qin, unificó los reinos chinos y decidió quemar todos los libros antiguos y, para que no quedara duda, exterminar a los letrados y eruditos. Pero se le olvidó esculcar las tumbas de los sabios viejos.

Los trabajos del equipo de Tsinghua (que sabiamente ha hecho del conocimiento de los estudiosos de todo el mundo) y el novelesco rescate de las tiras de bambú se describen en un artículo magnífico en The New York Review of Books (“Un descubrimiento revolucionario en China”, 16 de abril de 2016),* que reseña el libro de la especialista Sarah Allen acerca de las enormes implicaciones de los textos recuperados.

Los estudiosos chinos no abundan en público acerca de los significados más amplios de la nueva visión que proyectan esos textos sobre la tradición intelectual china. Pero es un ejemplo más, y quizás uno de los más importantes, de cómo la historia es capaz de cambiar el presente.

*http://www.nybooks.com/articles/2016/04/21/revolutionary-discovery-in-china/#fn-1

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