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¿Orgullo…?

¿Orgullo…?

¿Orgullo…?

 “Si Juárez (modelo de tolerancia y de mentalidad liberal en México), —como dice la canción— no hubiera muerto” y se lo hubieran preguntado, lo habría dicho, si no con las palabras exactas del Papa Francisco (“¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?...”), sí muy probablemente, echando mano de su propio celebérrimo apotegma: “¿Qué opinión me merecen los homosexuales?...:  que el respeto al derecho ajeno es la paz”.

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Superados, al fin, muchos tabúes; abandonados muchos prejuicios tradicionales con respecto a la homosexualidad, es de celebrarse que a México se le considere, a nivel latinoamericano e incluso a nivel mundial, como un modelo de lo que pasó de tolerancia —lo que implicaba un dejo de suficiencia de quien la ejercía— al pleno respeto a las llamadas “minorías” en materia de preferencias sexuales. El debate con respecto al “matrimonio igualitario”, por ejemplo, se ha desarrollado en términos de civilidad: en general se acepta que dos personas tienen pleno derecho a hacer vida en común, con la ayuda mutua como su objetivo primordial…, aunque se siga discutiendo si a la unión de dos personas del mismo sexo deba darse la denominación de “matrimonio”, descartada como está la posibilidad de la procreación —esencial, vía de regla, en los matrimonios tradicionales— en dichas uniones.

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Precisamente porque los avances en la materia son lentos, graduales, como todo cuanto tiende a modificar patrones culturales, sigue llamando la atención que tales avances den pie a celebraciones como los recientes desfiles de “Orgullo Gay”. No queda claro qué necesidad hay de pasar del reconocimiento de los derechos de los homosexuales, a la ostentación estridente de esa calidad. Algo que forma parte de la esfera íntima de las personas —como ser zurdo, como ser miope, como ser gordo, como ser flaco, como ser discapacitado…—, no tendría por qué ser motivo para desfiles multitudinarios en que, por ejemplo, hombres travestidos o transgénero se exhiben en la vía pública a la usanza de las bailarinas de las escolas de samba en el Carnaval de Río de Janeiro.

La misma palabra “orgullo” (por definición, “arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia”), cabe, en general —con sus correspondientes “asegunes”— cuando se celebraron, verbigracia, los Premios Nobel de Alfonso García Robles, Octavio Paz o Mario Molina, las medallas olímpicas de Humberto Mariles, Pilar Roldán, el Sargento Pedraza o la Selección de Futbol, o los Oscar a directores de cine, o el “Miss Universo” de Ximena Navarrete, etc.

Utilizar, en cambio, en nombre de las muy respetables preferencias sexuales, un vocablo del que ni zurdos, ni miopes, ni gordos, ni flacos, ni discapacitados se apropian, parecería ser —por decir lo menos—un exceso.

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