Martes, 11 de Mayo 2021

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Oportunidades perdidas

Por: Antonio Ortuño

Oportunidades perdidas

Oportunidades perdidas

Hay un encabezado nefasto y recurrente en nuestros periódicos y portales de noticias: “Pierde fuerza la feria del libro de…” (o “Pierde gas…”, cuando no “Acusan al nuevo director de cultura de desmantelar…”). Cada año, un puñado de ferias del libro locales y estatales desaparece sin remedio. Otras perduran, sí, pero con un programa de modestias franciscanas y un surtido de títulos en el que gobiernan la parapsicología, la felizología y el pensamiento mágico (ese que va de los milagros a los vampiros, con escalas en los marcianos y las lecturas de mano). Las ferias, claro, no resuelven los agujeros culturales que el sistema educativo nacional provoca, pero al menos llegan a ofrecer algunas oportunidades para los aficionados a la lectura. Hasta el día en que un funcionario que prefiere los palenques las cierra o les reduce el presupuesto al punto de sofocarlas.

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Porque no, no son entidades incuestionables. Vivimos un país en el que a veces parece que hay más ferias que librerías (y, en esa misma línea, más escritores que lectores) y la existencia de las unas y los otros tiene la culpa de que estemos en el hoyo. Sin embargo, como dice el refrán: las apariencias engañan. Esa comparación suele venir de boca de gente que no conoce más que la feria de su ciudad y, por lo tanto, está convencida que las demás en el Universo son redundantes (y que, como no ha encontrado lectores para sus engendros, dan por sentado que la especie no existe o está conformada por finlandeses distantes). La realidad es muy diferente. Las ferias son necesarias. En numerosas localidades del país, son la única posibilidad de encontrar títulos de buena parte de las editoriales dedicadas a publicar temas de literatura, arte o ciencias, por ejemplo, sin necesidad de emprender una peregrinación. Recordemos que cuatro quintas partes de México dependen, para surtirse de libros en épocas en que no hay feria, de tiendas de autoservicio (que, como sabemos, expenden a granel y con un criterio idéntico al del departamento de carnisalchichonería), papelerías o, de plano, de las ventas remotas de Amazon y compañía, fatalmente inaccesibles para la inmensa mayoría de los lectores jóvenes y hasta adultos.

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Por eso, los encabezados de “Pierde fuerza la feria de…” narran, cada vez, una tragedia: la pérdida de la opción de adquirir libros para muchos mexicanos, la pérdida de espacios para lecturas y diálogos de escritores de una región con sus pares de otras latitudes, la clausura de un punto de socialización del pensamiento. Quien crea que esas cosas no necesitan de las ferias del libro para ocurrir se hace el ciego y el sordo ante lo que sucede en casi todas las ciudades y localidades de este país. ¿Existen mejores mecanismos para la promoción y difusión de la cultura y la ciencia en un país en el que, como México, son pocos los que pasan por las universidades? Quizá. Pero ¿quién los ha puesto en marcha? ¿Y en dónde, que no sea en la lejana y admirable Finlandia?

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