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¡Nomás no empujen!

¡Nomás no empujen!

¡Nomás no empujen!

La exposición fue un éxito: se inauguró el sábado 27 de mayo, el mismo día que se llevó a cabo la Ruta de Galerías organizada por Christian Zarate y ahí estuvimos con Susana Laborde, feliz de la vida, explicando su trabajo, ese que empezó hace una década, con un tema que bien sabe tratamos de evitar porque tiene que ver con la muerte que nadie quiere saber y por ser lo único que no podemos evitar, nos cuesta trabajo aceptarla. Mucho menos hablar del proceso de muerte e imaginar cómo nos tocaría: si súbita, como en los partidos de tenis o, ¡toco madera!, en uno de esos degradantes y dolorosos finales que tardan en concluir y, cuando llega, los que necesariamente no estamos muertos, decimos: “¡Qué bueno que ya descansó!”

Una manera de ir aceptando la muerte es jugar con ella, cosa que en México somos expertos en toda clase de simulacros, imitaciones y parodias como esas que se producen el día de los muertos en donde Madame Lamort, la modista, ata y revuelve los inquietos caminos de la tierra, como decía Rilke en la quinta Elegía de Duino. Jugar con la muerte es una de tantas maneras que tenemos para digerirla, por eso, bailamos con la calaca o escribimos calaveras que ridiculizan la vida frente a la inevitable Parca.

Susana Laborde ha estado trabajando con este tema desde hace diez años y cuando viaja —la vida como un viaje sin retorno—, hace un alto en el camino y pone en escena su obra: ¿cómo me vería si hubiese muerto ahí, bocabajo? Entonces, la cámara registra esta simulación entre los colores de la vida y lo negro de su pantalón, de sus zapatos o de las suelas. No necesariamente muerta (NNM) es como se llama esta colección de fotografías, esta parodia en donde imita a la muerte para que los que vemos su trabajo nos detengamos un momento frente a esos ejercicios y esbocemos una sonrisa porque nos ponemos nerviosos al ver la escena y, como en algunos velorios lo que queremos es salir —en este caso al jardín del Taller Barragán— para celebrar la vida con euforia.

La obra de Susana se expuso en esos Talleres en donde, a pesar de que sabemos es un simulacro, se nos frunce un poco el estómago al imaginarnos que podría ser la propia muerte si un día, de manera inesperada, caemos bocabajo en uno de los jardines de las Lomas o en la playa de Tulum o en medio de las hojas del otoño en Toronto o recogidos por el carro de la basura en Londres o el aparente equilibrio sobre el arco superior de una portería en Tequisquiapan o en un campo en Jilotepec con un realismo como si lo viéramos en la prensa o, casi desnuda, en Ixtapa o en Acapulco donde el sol nos quema la piel.

Desde que Susana concibió esta idea empezó a registrar esas puestas en escena en unos lugares donde más se nos antoja estar vivos y coleando, pero ella aprovecha ese paisaje antes de colocarse bocabajo y que uno de sus asistentes le dispare —en el sentido fotográfico— y capte eso que ahora vemos, al tiempo que esbozamos una sonrisa frente a la ironía de la vida, porque sabemos que No necesariamente está muerta.
Son breves historias con un final como debe ser, poco antes de que le pongan una sábana encima y se convierta en polvo. Sí, es una parodia y por eso sonreímos al verla, sabiendo que nos quiere tomar el pelo que nos deja huella: ¡Sí, señores y señoras!, resulta que todos nos vamos a morir pero, como decía Alex Saldívar… ¡Nomás no empujen!

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