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Martes, 12 de Diciembre 2017

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“No es cierto...”.

“No es cierto...”.

“No es cierto...”.

Una de dos: o somos unos incrédulos impenitentes, o tenemos la convicción de que, puestos a hablar de cosas importantes, quienes nos gobiernan mienten por sistema.

Por ejemplo, el Caso Ayotzinapa…

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Ante el descrédito de la “verdad histórica” proclamada por el entonces Procurador General de la República, Jesús Murillo Karam, como resultado de las pesquisas iniciales y de las declaraciones ministeriales de casi un centenar de indiciados, acerca de la desaparición, probable asesinato e incineración clandestina de los 43 normalistas de Ayotzinapa, las autoridades, ante la presión de los padres e infinidad de inconformes, integraron el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) y permitieron la intervención del Equipo Argentino de Ingeniería Forense (EAIF). 18 meses después de los hechos, de los diversos dictámenes que se han emitido no ha resultado, hasta ahora, ninguna conclusión plausible o convincente.

El hecho remite a un sinnúmero de sucesos similares. Para consignar sólo algunos de los más recientes, podría recordarse que sobre la matanza del 2 de octubre del ’68 en Tlatelolco se han escrito infinidad de artículos periodísticos, no pocos libros y filmado películas cuyo común denominador es que el Gobierno —y más particularmente el entonces Presidente, Gustavo Díaz Ordaz, y su Secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez— se manchó las manos con la sangre de cientos de estudiantes. En el caso del asesinato de Luis Donaldo Colosio, la hipótesis oficial del “asesino solitario” generó la teoría de “los tres Aburtos”… y, por supuesto, la convicción de que al pueblo mexicano se le estaba vendiendo una patraña. El asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y la hipótesis de la confusión —porque sus victimarios supuestamente querían matar, en realidad, al celebérrimo “Chapo” Guzmán— también dio pie a la creación de una Comisión Interdisciplinaria cuyas conclusiones tampoco resultaron convincentes para quienes, aferrados a la teoría del “crimen de Estado”, sólo fueron capaces de aportar, a favor de ella, especulaciones insostenibles a cambio de ninguna prueba o, al menos, algún testimonio serio.

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La historia, por lo demás, consigna infinidad de casos similares en la historia universal. El asesinato del presidente norteamericano John F. Kennedy, en 1963, fue otra prueba de que infinidad de “analistas imparciales” y “observadores independientes”, prefieren una hipótesis fantasiosa, construida a punta de especulaciones montadas sobre cualquier pieza del rompecabezas que cada episodio de la historia constituye, a la que oficialmente se propone como verdad oficial o verdad histórica.

Después de todo, así es la condición humana. Y el Día del Juicio, cuando, en temas generales, Dios se pronuncie sobre esos temas, es previsible que la mitad más uno de los justos musitará por lo bajo: “No es cierto...”.

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