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Nixon, Trump y el factor tiempo

El presidente “apenas tuvo tiempo de saborear su victoria en las elecciones. Enseguida el escándalo enfangó su gobierno. Las investigaciones del congreso revelaron el alcance de la corrupción y los abusos de poder… la opinión pública no tardó en descubrir lo que el fiscal general llamó los horrores de la Casa Blanca… muchos temían que el presidente se estuviera volviendo peligrosamente paranoico. Por miedo a lo que pudiera hacer, el secretario de Defensa, se reunió con el Jefe del Estado Mayor Conjunto y le dio instrucciones de que ninguna unidad militar respondiera a las órdenes de la Casa Blanca sin antes consultar con él. En los primeros días de agosto, el presidente se quedó sin apoyo en el Congreso. Sin tiempo ni salida, dimitió el día 9”.

Así cuenta el final de la presidencia de Richard Nixon el magnífico libro La historia silenciada de los Estados Unidos, escrito por Peter Kuznick y el cineasta Oliver Stone (existe un documental en varios capítulos también excelente). Es un final que se antoja muy similar al que puede tener Donald Trump. Con una diferencia: Nixon era un político profesional que había sido todo en la política estadounidense, más allá de que la paranoia y el placer por el juego sucio enmarcaban su forma de hacer y entender la política.

Trump es un hombre que no conoce ni ha vivido los entresijos del verdadero poder: lo ha hecho desde una posición empresarial alejada, además, de las empresas de la nueva generación tecnológica y empresarial. Nixon no era un ignorante ni mucho menos, no creo que tampoco Trump sea, como muchos dicen, un tipo sin formación ni conocimiento alguno. Es visceral, mercurial, no entiende o no quiere entender cómo funciona el poder político (diferente al empresarial), pero también se debe tomar en cuenta que la confusión que siembra entre sus aliados, enemigos y entre su propio equipo, con sus contradicciones, no son parte necesariamente de confusión mental (aunque muchas veces quizás también lo sean).

Desde su visión y concepción es parte de una estrategia consciente: Trump lo tomó de Vladimir Putin y éste de muchos otros gobernantes autoritarios, populistas y dictatoriales. Crean realidades simultáneas y contradictorias dejando a la gente en un mar de incertidumbres. Lo hacen en forma pública: la idea es generar esa incertidumbre para paralizar a amigos y adversarios y ganar ventajas. En esa concepción, los políticos que los rodean son cada vez más una suerte de gerentes que regentear esas “realidades alternativas” y terminan creando un mundo de mentiras.

Con una diferencia notable: Putin, Maduro, Castro y cualquier otro gobernante populista y autoritario, lograron, antes o después, acabar con la prensa independiente. Trump y su gente están muy lejos de poder hacerlo y por eso le han declarado la guerra a los medios de referencia, desde el New York Times hasta CNN, porque la labor de esos medios, a diferencia de los blogs y los influencers ahora tan de moda, es trabajar con hechos y datos duros. Los medios importantes tienen sus agendas de trabajo e ideológicas, pero no pueden ignorar los hechos y los políticos se tienen que contrastar con ellos.

La verdad es dura, decía el anuncio del NYT divulgado durante la premiación de los Oscar, y es así. La verdad, la información dura, no admite “hechos alternativos” ni crear un mundo de mentiras y sin eso el discurso Trump se desmorona.

Por eso mismo, el Gobierno federal debe manejar, y en buena medida lo está haciendo, el factor tiempo en la relación con la administración Trump, sin caer en las provocaciones y ocurrencias de su cuenta personal de Twitter, donde puede atacar lo mismo a los medios que a las tiendas departamentales que no venden la ropa que diseña su hija, descalificar a Meryl Streep o inventar atentados terroristas en Suecia.

En todo el tema comercial y de migración, Trump, más allá de la retórica y del daño real que puede hacer, no puede actuar con mucha mayor rapidez que ahora y tiene enormes contrapesos. El proceso de renegociación del TLC tomará su tiempo, la construcción del Muro también, en el terreno migratorio, más allá del lógico temor en el que viven los paisanos, la implementación de una política como la propuesta por Trump implicaría, lo acaba de publicar el propio NYT, miles de millones de dólares que el gobierno no tiene.

El punto que les interesa y que quieren cerrar a corto plazo es el de la seguridad, y más que en el tema del narcotráfico, en el de control de fronteras y antiterrorismo. Y les interesa cerrarlo rápido porque, como decíamos ayer, es el único en el cual su gobierno necesita mucho más a México que nuestro país a Estados Unidos.

Y hace bien el Gobierno federal en plantear que la negociación bilateral tiene muchos capítulos pero que todo se tiene que negociar simultáneamente, en un solo proceso. Porque además, tienen prisa porque saben que el tiempo no está a su favor. Si no que le pregunten a los sobrevivientes de la era Nixon.

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