Jueves, 13 de Mayo 2021

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Ni vuelta de hoja

Por: Paty Blue

Remotos son los días en que, como eventual compañera de mi madre en sus correrías comerciales por diversos puntos de la ciudad, en lo que ella recorría media cuadra yo iba y venía tres veces, saltando en uno y dos pies, sobre un imaginario “bebeleche” (avión, le llaman algunos), desoyendo las prudentes mociones de mi progenitora para mantenerme sosiega y caminar como, decía, era debido.

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Ésta, como tantas otras remembranzas relacionadas con mi inquieto y danzarín espíritu juvenil, por hoy son sólo retazos de un presente que no esperaba que tan pronto se convirtiera en pasado y me obligara a acatar las instancias y recomendaciones maternas para aplacar mis loqueras motrices. Pero más temprano que tarde llega el momento de hacerlo, y no por gusto, sino porque Blanca Nieves ya no es la misma que cinco decenios atrás y su añosa humanidad la ha vuelto una cauta ahorradora de pasos que escatima más que los pesos.

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Así es la vida y no hay vuelta de hoja, pero no saben con qué enjundia estamparía el cuaderno entero sobre la cabeza de quienes diseñan los espacios públicos, con la peregrina idea de que quienes los visitamos todavía tenemos la capacidad de andar brincando sobre bebeleches inexistentes, o recorriendo distancias que exceden nuestras menguadas habilidades para desplazarnos sin necesidad de una andadera o unas prótesis con rueditas.

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Si por la ocasión que me inspiró este texto, hubiera tenido el disgusto de conocer al artífice del diseño y recientes componendas de cierta plaza comercial, tan fea como inhóspita y desconsiderada con los viandantes de todas las edades, le habría cantado mi decepción con todas sus estrofas, o más bien le habría recomendado que se tomara la molestia de recorrer una breve zona de la misma, con una ampolla en un pie y sirviendo de báculo a un cónyuge parcialmente habilitado para caminar.

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No teníamos más pretensión que entrar al supermercado por algunos avituallamientos y, si los tiempos y ganas nos eran propicios, armarnos la modesta tertulia vespertina con un buen café acompañado de un mejor postre. La primera sorpresa que encontramos, y que no sin penurias tuvimos qué sortear, fue advertir que la zona de estacionamiento para individuos con capacidades diferentes (pa no llamarles minusválidos o discapacitados, porque no lo son) había sido removida de su lugar original y refundida en un rincón del aparcadero, mucho más distante del ingreso principal a la tienda, hacia donde debíamos trasladarnos si deseábamos contar con el auxilio de una silla de ruedas.

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Así que con mi friolera de años a cuestas y una laceración que me traía caminando de ladito, llegué al punto indicado, recogí la silla de marras, regresé para recoger en ella a mi más caro afecto y en el interior de la tienda recorrí los tres puntos a donde me mandaron las errabundas indicaciones de sendos auxiliares de piso, para dar con un aditamento para mi lavabo. Tras 20 minutos de pie en la fila para pagar, acudí a que me sellaran el boleto de estacionamiento, solo para encontrarme que tal servicio lo habían cambiado de lugar, justo en las antípodas que hube de revisitar para regresar la silla de ruedas.

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De modo que, cuando amablemente nos indicaron que las cafeterías se encontraban ubicadas en la planta alta, para cuyo acceso por escalera eléctrica debíamos desandar los kilómetros previamente recorridos, porque el elevador cercano estaba en mantenimiento, poco me faltó para refrescar la memoria de la madre de quien me dio tal información. Y luego andan diciendo que no entienden por qué los viejitos nos volvemos tan encerrados, caramba.

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