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Miércoles, 23 de Octubre 2019
Ideas |

Mezquindad

Por: Laura Castro Golarte

Mezquindad

Mezquindad

Las evidencias de la descomposición de la clase política cada vez son más frecuentes. El caso de nuestro país lo conocemos bien y sabemos además que se repite en estados y municipios como si de una política pública se tratara y, más que eso, una consigna. En otras ocasiones he escrito sobre esto, muchas más de las que quisiera, sin embargo, creo que es fundamental insistir y no quitar el dedo del renglón a ver si alguien en el servicio público, alguien con poder y determinación, alguien con amor por México y amplio margen de maniobra (sé que es pedir demasiado, pero no hay peor lucha que la que no se hace) escuchara el clamor ciudadano y actuara en consecuencia, en fin. El caso es que cada vez me convenzo más de que esta descomposición es un mal global y los ejemplos se suceden. El más reciente es el de Estados Unidos, una nación de la que en general tenemos la percepción de que pase lo que pase, primero está el país que los intereses partidistas. Y si bien hay críticas severas a su sistema democrático, tratándose de decisiones fundamentales siempre logran ponerse de acuerdo sin mayores contratiempos. Ahora es diferente. El llamado Tea party, una organización ultraconservadora que ha logrado colarse en los órganos de decisión, está ejerciendo una presión tal que ni demócratas ni republicanos han logrado consensos para aprobar la ampliación del techo presupuestal del que pende la viabilidad económica de la Unión Americana y la de muchos países que están encadenados a su derrotero, con efectos que serían nefastos para la economía mundial. Y resulta, en un hecho que para los mexicanos es cotidiano, que las elecciones del año entrante son el factor que los diversos actores políticos están poniendo por encima en un claro ejemplo de mezquindad política, esa actitud que significa “ruindad” y “falta de nobleza”. El poder por el poder mismo, una conducta de la clase política que pensábamos había quedado atrás en la medida en que los valores democráticos avanzaban como lo mejor (o menos peor) que nos hemos inventado los humanos para organizarnos y vivir en armonía, con justicia y equidad, etc., etc. Que la nación más poderosa del mundo, todavía, ahora sea rehén de su clase política, víctima de su mezquindad, es un signo de los tiempos, vaticinado por muchos, que fortalece las posturas de buscar con urgencia otras formas, otras conductas, otros sistemas y la idea de que la sociedad civil (más allá de dar vueltas en las banquetas con unas pancartitas) ponga un “hasta aquí” a quienes viven —y muy bien— de nuestro trabajo y del pago puntual de nuestros impuestos. Seguramente otros intereses, como siempre, están detrás, pero este modus operandi de quienes detentan el poder y están al frente de los gobiernos debe y, sin duda alguna, tendrá consecuencias nefastas para todos. Lo contrario de mezquindad es generosidad, dignidad y nobleza.

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