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Jueves, 17 de Enero 2019

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Matar el hambre de vida

Por: Lourdes Bueno

Matar el hambre de vida

Matar el hambre de vida

Matar una vida es un crimen; matar toda una generación debería serlo aún más, sin embargo, poco se reflexiona y menos se hace por preservar la vida y la esperanza de toda una generación de jóvenes que, hoy, sólo tienen un presente y futuro de desilusión y desesperanza. Jóvenes que lo único cierto que se les ofrece es el desempleo y la ausencia de oportunidades, en una sociedad que no les deja espacio para la vida. Políticas económicas y sociales diseñadas por adultos que vivieron otras juventudes, pero que hoy les cancelan la posibilidad de desarrollo y de inclusión en el ámbito productivo de un sistema que premia la vida de las bolsas de valores, a costa de la vida de los jóvenes. Porque quienes ocupan los cargos de dirigentes, en muchas latitudes, la nuestra a la cabeza, están más ocupados por garantizar la estabilidad de los mercados que por ofrecer oportunidades a los jóvenes, a quienes la hambruna de vida les devora las entrañas en el presente y promete hacerlo con más filo en el futuro. Entonces celebrar el día de la juventud cuando lo que el subsecretario de Educación Pública tiene para ofrecer a los jóvenes es el ambulantaje o, si bien les va, un trabajo precario, inestable, mal pagado —dos terceras partes de los jóvenes empleados ganan menos de tres salarios mínimos— y sin prestaciones; prebendas de seguridad social que los adultos que hoy dirigen las políticas para los jóvenes sí tuvieron y que, paradójicamente, tienen en abundancia, mucho más de lo que desquitan, sobre todo en tiempos de crisis. Porque burla se siente la celebración de su día cuando el consumo de alcohol en esta población va en aumento —quizá porque sólo anestesiados pueden enfrentar la incertidumbre, la inseguridad y la falta de futuro— y las autoridades no les brindan el apoyo necesario. Porque detrás de las escenografías publicitarias del sexenio, está el hecho contundente de que la ingesta de alcohol, de manera compulsiva, está por arriba de 42% de adolescentes de secundaria y el que esta situación se extiende ya —sin que la Secretaría de Educación, ni la de Salud hagan lo obligado para evitarlo— al 12% en los alumnos de primarias. Y si estas cifras son alarmantes, en el caso de otras drogas el aumento ni siquiera está bien estudiado en cantidad tampoco en ubicación, mucho menos hay un programa —federal y estatal— de lucha contra las adicciones, en este sexenio del “empleo” y de “las manos limpias”. Porque manos limpias no sólo se refiere al lavado diario, sino a la honradez con la que se responde a la población que depositó en las autoridades su confianza; porque manos limpias no se pueden tener cuando se ha sido partícipe del crimen de aniquilar la vida de los jóvenes mexicanos.

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