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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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¿Mártires?

¿Mártires?

¿Mártires?


“Surrealismo puro”, diría cualquiera…  Si las imágenes, captadas en el Estado de Oaxaca y difundidas ya por todo el mundo, correspondieran a un connato de guerra civil, o a desmanes como los que grupos subversivos acudieron a provocar en varias ciudades francesas en ocasión de la Eurocopa, o a saqueos de almacenes y supermercados como los que turbas de ciudadanos hambrientos han realizado en Venezuela a causa del desabasto generalizado, todo resultaría comprensible. Sin que se justificaran, se explicarían, al menos, las imágenes de referencia: autobuses envueltos en llamas, atravesados en la carretera, utilizados como barricadas; grupos de personas —jóvenes, sobre todo—, humildemente vestidas, provistas con palos, piedras, cohetones y precarias bombas molotov (botellas de refresco rellenas de clavos y gasolina), enfrentados a policías provistos de escudos, toletes y, por supuesto, armas de fuego; heridos —indistintamente civiles o policías— que eran retirados, sangrantes, en precarias camillas o aun a rastras. Se explicarían asimismo los reportes complementarios: tres muertos, decenas de heridos y detenidos…

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Lo absurdo del episodio es que quienes se enfrentan a los policías sean maestros. Es decir, que las facciones beligerantes sean, por una parte, las fuerzas encargadas de velar por el respeto a la ley y de preservar el orden público; por la otra, los responsables de la noble tarea de educar a niños y jóvenes. Lo inadmisible del suceso es la intransigencia de los líderes de los seudomentores para encontrar en el diálogo los cauces para dirimir sus diferencias con la autoridad; la cerrazón para entender que en un país que arrastra evidentes rezagos en la educación —propiciados, en gran medida, porque los dirigentes del gremio magisterial han sido la encarnación misma de la corrupción y han visto, durante décadas, más por su beneficio personal que por la superación profesional del gremio—, la reforma educativa (así, con minúsculas) promovida por la actual administración corresponde a una legítima exigencia social; la incapacidad para apelar a las instancias legales al efecto de conciliar esa demanda social con el respeto a los derechos —que no a las prebendas ilícitas— de los profesionales de la educación.

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Ya había, a raíz de los conflictos que a raíz de la Reforma Educativa (así, con mayúsculas) detonaron, dirigentes del gremio magisterial encarcelados; es decir, sometidos a proceso por la presunta comisión de delitos que van desde robos, atropellos, resistencia de particulares, ataques a las vías generales de comunicación y malversación de fondos, hasta lavado de dinero y delincuencia organizada. Ahora se suman presuntos “mártires” a la lista; es decir, por definición, “personas que mueren o sufren grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones”.

Lo dicho: surrealismo puro.

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