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Martes, 21 de Noviembre 2017

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Magos y payasos

Magos y payasos

Magos y payasos

El otro día, hojeando las páginas de este diario me tope con una noticia que me hizo entender que la gente somos de plano muy salvajes y que podemos esperar ya cualquier cosa sin que nos debiera sorprender en lo más mínimo. Así, reportaron, que en la ciudad de Hermosillo, Sonora, un tipo de nombre Marco Antonio Vázquez, conocido con su nombre artístico de payaso como “Tony Tambor” —no confundir con “Tony Tormenta” que ese de payaso no tenía nada— fue golpeado brutalmente en una fiesta infantil tras la derrota de uno de los niños invitados en uno de los múltiples juegos.

Ahora, no es plan justificar la violencia en ninguna de sus manifestaciones. Sin embargo, haciendo un poco de memoria, y hablando por el que esto escribe, ciertamente había actitudes un poco mamilas tanto de magos como de payasos en las fiestas infantiles que hacían que uno creciera con un poco de rencor en el corazón, y, en el caso de algunos socios con abierto miedo hacia los payasos.

Entre los peores juegos que armaban estaban los siguientes:

(i) Tener que decir no. Este juego era muy sencillo y le servía al profesionista para comprar un montón de tiempo con cero pesos de inversión. Consistía en exhibir al niño festejado frente a sus amigos haciéndole una serie de preguntas, a las cuales siempre debía contestar que “no”.

Así el payaso se regodeaba ante el ridículo del chamaco del cumpleaños con preguntas absurdas hasta que llegaba el momento en que fingía que el juego había terminado y ya, seriamente, preguntaba al niño si es que quería su premio. Naturalmente, a los seis años de edad uno no espera una puñalada en la espalda de un adulto a quien se le está pagando su sueldo, por lo que contestabas que sí.

Inmediatamente, el muy bastardo se reía de ti y decía que habías perdido por no contestar “no”. Esto causaba mucho jolgorio entre la concurrencia, siempre ávida de joder al prójimo.

(ii) Las sillas. Uno de los juegos más rústicos pero entretenidos era el de correr como loco en círculos alrededor de una serie de sillas que, intercaladas, apuntaban a uno y otro lado de la fila.

Así, en el momento en que apretaba el botón de play de la grabadora, todos los chiquillos corrían como dementes con el oído atento a cuando presionara pausa pues ahí uno debía tirar codazos, patadas y mordidas con tal de ganar un asiento en las sillas y la oportunidad de burlarse de aquél que se quedaba sin nada.

Vi a los mejores niños de mi generación perder el coxis por sillas quitadas con mala fe.

(iii) Desaparecer cosas. El menos popular de todos los trucos de magos y payasos, sobre todo si no se sabía cuál era su domicilio, era que, una vez que se empezara con la limpieza de la casa donde se había celebrado la fiesta, los papás descubrieran que el malnacido no solo había desparecido un conejo sino que además faltaba una serie de enseres domésticos que todavía no se le habían liquidado a mueblerías “La Cigüeña”.

Posiblemente había magos y payasos más profesionales, pero a mi si me tocó conocer mucho barrio.

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