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Magia

El mago hace un pase con su varita por sobre el sombrero de copa y ¡aparece un conejo!

Serrucha a la mitad a una dama y luego vuelve, milagrosamente a juntar los pedazos ante el grito ahogado de la muchedumbre.

Puede adivinar lo que traes en el bolsillo, en la cartera, metido entre el calcetín.

Sale de su boca ectoplasma, que proviene del mundo de los muertos y que vuela grácilmente por encima de la cabeza de los espectadores.

Levita y hace levitar a su gentil acompañante.

Hace malabares con brillantes pelotas rojas que aparecen y desaparecen a su antojo.

Escapa de la camisa de fuerza, de dentro de la caja fuerte, de la polea que lo suspende por los aires.

Y mientras tanto, sentado entre el público, un niño con los ojos abiertos como platos intenta descifrar uno a uno los misterios que en el escenario se van desarrollando.

Pero cuando está a punto de llegar a una conclusión de cómo diablos hizo el mago para desvanecer al elefante, un nuevo milagro sucede y olvida cómo los engranajes de su cabeza fueron chirriando a marchas forzadas para descifrarlo, y se abandona al placer de la explosión de colores y de música que viene a continuación.

A principios del siglo pasado, los ilusionistas eran las estrellas absolutas del mundo del espectáculo.

Comenzaban los tiempos de la recesión económica, y aires de tensión amenazaban con una guerra en Europa. Todos los días, nuevos descubrimientos científicos asombraban al mundo, la luz, el cinematógrafo, los aeroplanos. Estaba comenzando una nueva era.

Y los magos, llenaban los teatros con la promesa de la comunicación con los muertos, la telepatía, la levitación, la prestidigitación, los espectaculares escapes.

Y todos abarrotaban los espectáculos esperando ser sorprendidos.

Viajé hasta 1903 y vi a esos ilusionistas que aparecieron en el Auditorio Nacional. Nueve de ellos. Todos espectaculares.

Me arrellané en la butaca y dejé que la magia y la estupefacción llenaran mis pupilas, mi corazón y mi cabeza. Y no perdí ni un instante en la absurda tarea de intentar entender el prodigio.

Tan sólo lo disfruté.

Y no sólo eso. Fui escogido entre el público para ayudar a cortar en dos a una bella asistente que insistía que la mirara a los ojos.

Pero no podía. En el escenario, casi levitando, tomando fuertemente la correa que dividiría a la mitad esa caja donde ella se encontraba, tan sólo pensaba que el mundo merece de vez en cuando el enorme prodigio que significa el asombro.

Y fui, durante dos horas, ese niño con ojos como platos que aplaudió hasta que le dolieron las manos.

No hay truco. La magia existe. Yo estuve allí. A unos palmos de donde sucedía.

Y me rindo ante su poder, su fuerza, su belleza…

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