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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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Lujos franceses

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Desde la tribuna de Le Monde, el 14 de mayo de 2017, se dirige una petición al nuevo presidente de Francia: “Señor Macron: sea usted un presidente literario”.* El novelista y dramaturgo Éric-Emmanuel Schmitt, de la Academia Goncourt, hace votos porque se reanude con la tradición de los cuatro primeros presidentes de la V República: De Gaulle, Pompidou, Giscard d’Estaing y Mitterrand fueron hombres de cultura; de lecturas y también de escritura. Giscard es miembro de la Academia Francesa. No es que Chirac, Sarkozy u Hollande hayan sido analfabetos, pero ciertamente no están a la altura de sus predecesores; según Schmitt, en cuestiones literarias “tienen una curiosidad puntual, no la pasión”. Y eso, señala, ha coincidido con la pérdida de autoridad y prestigio de la función presidencial. “¿No habrá allí algún vínculo? ”, se pregunta.

Parecería en estos yermos que es una pregunta extraña. Para infortunio de México, el único presidente que registra la memoria como medianamente culto (y hasta con pretensiones de escritor) es el fatídico López Portillo. Y encima, si de por sí las clases dirigentes del país son más bien rústicas y el gremio académico poco lee y mal escribe, ese afán tan francés del señor Schmitt resulta casi ininteligible.

Habría entonces que poner atención a lo que el artículo de Le Monde explica sobre la repercusión que tiene en la vida pública el que un funcionario haya tenido con la lectura, con la literatura, una relación profunda, la que viene de una costumbre personal de muchos años y sin otro interés que el placer del trato con los libros.

“Amar la literatura es rebasar las divisiones, los grupos de interés y las banderías. Amar la literatura es interesarse lo mismo por los obreros que describe Zola que por la Princesa de Clèves, igual por los campesinos de Sand que por los aristócratas de Proust, tanto por los libertinos de Laclos que por las almas sufrientes de Bernanos, por el cristianismo de Bossuet y su crítica por Diderot. Amar la literatura es no sólo ir más allá de ideologías inflexibles, sino cruzar fronteras: es volverse ruso leyendo a Dostoievsky, japonés con Mishima, italiano con Moravia, alemán con Mann, egipcio con Mahfouz. La literatura atraviesa incluso las fronteras del tiempo, pues me ha permitido vivir en el siglo V AC con Sófocles, o en el Renacimiento con Shakespeare y Cervantes. Quien lee alcanza la universalidad. No encarna a un solo grupo, ni intereses concretos, ni una clase social, ni una etapa de la sociedad, no; trasciende las definiciones y ya nada le es ajeno. Abraza lo múltiple en su complejidad. ¿Y qué es un presidente sino quien abraza lo múltiple en su complejidad?”

El autor del artículo termina en un tono optimista. Emmanuel Macron es un gran lector, tiene estudios de letras y filosofía, ha querido ser escritor. Por su manejo de la lengua, su gusto de la precisión, su feliz recurso al adjetivo atinado, posiblemente se atreva a ser, sin complejos, un “presidente literario”. Al serlo -termina diciendo-, lo será de todos.

 

*http://www.lemonde.fr/idees/article/2017/05/14/m-macron-soyez-un-president-litteraire_5127419_3232.html

 

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