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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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Los supervivientes

Los supervivientes

Los supervivientes

La muerte del pintor José Luis Cuevas (y que derivó en una cámara húngara entre sus familiares en pleno palacio de Bellas Artes), y la enfermedad (descrita como “terminal”) del escritor veracruzano Sergio Pitol, son una suerte de recordatorios de que una era completa del arte y la cultura mexicana, una por demás notable, ha tocado a su fin. Pocas figuras de entre las que dominaron el panorama a partir de los años sesenta del siglo pasado siguen entre nosotros. Y quizá solamente Elena Poniatowska y Fernando del Paso lo hacen con una visibilidad a la altura de sus trayectorias, aunque ambos han tenido también ya también avisos de que el tiempo es cruel y la salud no dura para siempre.

Es, ahora, un lugar común la crítica acerba hacia esos personajes: son una legión los artistas jóvenes (y críticos no tan jóvenes) que han construido todo su discurso desmarcándose, afeando o de plano yéndoseles al cuello a los figurones del ayer. Por cada uno es que es rehabilitado o revisitado con afecto (a últimas fechas eso sucede con Juan Rulfo o Elena Garro, por ejemplo) hay varios más a los que se les condena, en todos los tonos posibles, a una suerte de segunda muerte, civil y crítica.

La acusación más común (y tosca) es la de que los artistas de ese periodo en el país fueron, por obra u omisión, unos vendidos, dado que desarrollaron su trayectoria en años en los que el PRI era todopoderos. Y como solamente José Revueltas (al menos es el más recordado por ello) fue un abierto opositor en términos radicales (hasta “comunistas” como Rivera o Siqueiros tenían amigazos y recibían tajadas, en forma de contratos y apoyos), y como una parte importante de nuestros artistas e intelectuales integraron, en algún momento, las filas del servicio público, ya sea en altos puestos, como el de embajador o ministro, o en pequeños despachos y misiones menores, acabamos por vernos rodeados de una suerte de condena generalizada, en las que los matices no existen.

Excepciones hay, claro, pero no tantas como uno podría pensar. En un país en el que ganarse la vida resulta complicado para la inmensa mayoría de los habitantes, la independencia absoluta de cualquier apoyo, empleo o encomienda con dinero público se convierte en una meta de arduo cumplimiento.

¿Eso ha comprometido la inteligencia crítica de nuestros artistas? A veces sí. A muchos se les ha visto del brazo con diputados y gobernadores, si son exitosos, o como sus trabajadores, si lo son menos. A otros no se les ha visto pero sí se les ha pagado, por labores como asesores o redactores de plataformas y programas. Unos más se han refugiado en la academia, concentrada mayoritariamente en universidades públicas. Es decir, otro modo de pertenecer a la burocracia.

Pero no: no todos, ni siquiera la mayoría, pueden ser descritos, jamás, como vendidos. Por eso un libro reciente, “Había mucha neblina o humo o no sé qué”, sobre Rulfo, escrito por Cristina Rivera Garza, es fundamental: para recordar, para entender, para no confundir supervivencia con genuflexión.

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