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Jueves, 17 de Enero 2019

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Lo que “Odile” exhibe de México

Por: El Informador

Por: Germán Petersen Cortés

Las catástrofes naturales desestructuran momentáneamente a las sociedades. Dado que los estragos provocados por incendios, terremotos o huracanes rompen los mecanismos que mantienen el orden, las relaciones sociales dejan de ajustarse a los patrones usuales y se vuelven atípicas. Lo central después del trágico paso de “Odile” por la península de Baja California es lamentar la pérdida de vidas, los daños sufridos por los heridos y las exorbitantes afectaciones materiales. Sin embargo, en paralelo a sentir a las víctimas, vale la pena reflexionar qué exhibe “Odile” del país, para no cometer los mismos errores ante futuras catástrofes, pero también para mirar nuestras carencias como sociedad y las insuficiencias del Estado mexicano.

La tecnología con la que cuentan las autoridades para dilucidar el riesgo que implica un huracán es suficiente para las necesidades del país. La estructura de comunicación del México actual, por su parte, posibilita la llegada de mensajes a prácticamente cualquier lugar, no siempre de manera inmediata, pero sí con la antelación necesaria para protegerse de una amenaza como “Odile”. ¿Por qué entonces hubo muertos y heridos? El domingo pasado se hablaba de nueve víctimas mortales, que ciertamente pudieron haberse evitado.

Entre los muertos hay cuando menos cuatro extranjeros —dos coreanos y dos británicos—. Esta situación se explica en parte, como es obvio, por la gran cantidad de turistas que visitan Los Cabos, pero también sugiere que los protocolos de reacción ante emergencias son mucho más eficaces al movilizar a quienes hablan español que a quienes se comunican en otros idiomas. Tal situación debe ser corregida a la brevedad, sobre todo en lugares turísticos.

En cuanto a los mexicanos muertos (cuando menos tres de los cuales fallecieron en Monterrey, después de que el taxi en que viajaban fuera arrastrado por la corriente) es difícil saber qué los llevó a exponerse a riesgos de tal magnitud que finalmente terminaron en su deceso. Una hipótesis es que su exposición al peligro se debió al escepticismo que despierta la comunicación gubernamental, originada en la desconfianza de la sociedad hacia los gobiernos. Lamentablemente no es una hipótesis descabellada en México.

Todo apunta a que los tres niveles de gobierno se han coordinado relativamente bien para responder a la tragedia. De esto se desprende que la cooperación del Gobierno federal con los estatales y municipales no sólo es posible, sino que incluso puede ser eficaz en contextos adversos. La gran interrogante es por qué las relaciones intergubernamentales funcionan eficientemente en momentos como este e ineficientemente en materias como seguridad, impartición de justicia y fiscalización. “Odile” derrumba el lugar común aquel de que el diseño institucional del país impide que los distintos niveles de gobierno se enfilen con efectividad hacia objetivos comunes.

Justo en la coyuntura en que la administración del Presidente Peña enfoca sus baterías en la construcción de infraestructura, “Odile” recuerda que la edificación de puentes, carreteras y presas, por sí sola, no garantiza nada. En aras de que la infraestructura favorezca el crecimiento económico requiere, por un lado, de análisis costo-beneficio que validen su idoneidad, pero por otro lado precisa que las obras cumplan con mínimos de calidad que aseguren su perdurabilidad. El gasto público, en infraestructura o en lo que sea, no es necesariamente aliado del crecimiento económico, como ha quedado demostrado este año, en que el incremento en el gasto gubernamental no ha estimulado el crecimiento económico.

Las imágenes de saqueadores y acaparadores tras “Odile” dan por enésima vez la razón a Hobbes: la sociedad sin Estado se parece más al infierno que al cielo. Uno de los factores que incrementan la probabilidad de que se presenten comportamientos como estos es la impunidad, que carcome los cimientos de la convivencia social en México. Quienes saquean supermercados y hasta cargan con bienes que están en la antípoda de lo básico, como televisores y estéreos, o quienes acaparan alimentos, lo hacen a sabiendas de que nadie los sancionará, por la debilidad institucional del Estado mexicano en seguridad y justicia. Es esa misma conciencia con la que operan asesinos, secuestradores y extorsionadores.

Ayer, apenas a tres días de que se disipó “Odile”, el asunto estaba borrado de las primeras planas de los principales periódicos. Mientras cientos de miles de bajacalifornianos siguen sin luz, están rodeados de grupos violentos y carecen de bienes y servicios básicos, los diarios mexicanos están ya en otros asuntos. Es un riesgo para la democracia mexicana que algunos medios de comunicación no estén mostrando las penurias por las que pasa la población bajacaliforniana ni exhibiendo las insuficiencias de las autoridades ante circunstancias tan delicadas como estas.

“Odile” es sobre todo una tragedia que ha trastocado la cotidianidad de cientos de miles de mexicanos, pero también es un espejo para vernos como país. Ojalá que este espejo sirva de algo.

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