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Lo peor de lo peor

Lo peor de lo peor

Lo peor de lo peor

En el lapso de unos pocos días me he enterado de que una amiga sufrió un asalto a mano armada, que una más fue testigo de un secuestro (también a mano armada: una mujer fue bajada de su auto y trepada a otro a fuerza de cachazos) y lo peor: que un conocido fue víctima de una paliza callejera brutal y falleció a consecuencia de los golpes (y es el segundo al que le ocurre algo tan atroz en apenas unos meses)… Situaciones, pues, como para poner los pelos de punta a cualquiera, en la teoría, pero que, de tan recurrentes, no suelen provocar ahora más de un parpadeo en quien las escucha ser referidas (ya que el oyente tiene, a su vez, sus propias historias de violencia para relatar, acaso más radicales).

Total: que no hay modo de sentirse seguro en este polvorín de país que tenemos bajo los pies. Mientras escribo estas líneas, me informan que otra conocida fue vapuleada por su ex pareja y tuvo que buscar resguardo en la casa de un familiar ante la ausencia notoria de intervención de las autoridades policiacas. Y peor aún, que la hija de unos conocidos lleva un mes desaparecida; se subió a un coche de alquiler y no se le volvió a ver: una tragedia espantosa. Una tragedia como esas que, en nuestro país, afloran por todas partes. Se asoma a uno a las noticias de cualquier localidad  y sucede lo mismo. Familias asaltadas y asesinadas en la carretera México-Puebla. Cuerpos de jóvenes descubiertos en plena Ciudad Universitaria de la UNAM. Feminicidios incontrolables en el Estado de México (y muchos sitios más), comunidades indígenas despojadas, activistas cazados… Cuesta trabajo encontrar el aplomo necesario para  salir a la calle como si no sucediera nada, incluso en esas ciudades que presumen de ser comparativamente tranquilas, como la nuestra, pero cuyos habitantes sabemos bien que hierven de violencia como la que más.

Mientras las autoridades gubernamentales de todos los niveles se arrebatan la palabra para decirnos que la seguridad está mejor que nunca y que no hay de qué preocuparse, la percepción que tenemos buena parte de los habitantes del Estado y el país es que nunca habíamos estado peor. Las estadísticas que hablan de que la impunidad es prácticamente absoluta (es decir, que quien comete un crimen puede estar casi seguro de que no recibirá castigo, aún en el caso de que llegue a ser investigado) y la experiencia acumula innumerables testimonios sobre la manera en que los cuerpos de seguridad y los diferentes actores del sistema judicial están coludidos (o son, cuando menos, muy receptivos) con delincuentes de toda calaña.

Soy un mal nostálgico: descreo de que todo tiempo pasado haya sido mejor y recuerdo, por supuesto, que la ciudad y el país no eran precisamente el edén hace treinta o cuarenta años. Pero precisamente porque no idealizo el pasado (y creo que en esa misma situación estamos millones de personas) es por lo que sostengo que el presente es siniestro. Nadie, que no sea un millonario acorazado (y, como han dejado ver ciertos casos, ni siquiera ellos) puede sentirse a salvo en nuestras calles. Vivimos en una zozobra que este país no conoció en esta escala masiva desde nuestras últimas guerras: la Revolución y la Cristiada. Ni siquiera la Guerra Sucia tuvo los alcances de esta suerte de hiperviolencia al estilo Naranja Mecánica en que estamos metidos. Y a la que no se le ve salida. Por citar al difunto y añorado músico y poeta canadiense Leonard Cohen: he visto el futuro, hermanos, y es puro crimen.

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