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Martes, 21 de Noviembre 2017

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Las Marchas no Marchan

Las Marchas no Marchan

Las Marchas no Marchan

Qué lejos estamos de que el malestar y el hartazgo de la clase media mexicana le haga mella a la clase política. Por ello siguen operando como es su costumbre en medio de una nube de opacidad, corrupción e impunidad.

Y me voy a los hechos. Desde hace tiempo dejé de creer y participar en marchas porque si bien en nuestra juventud universitaria repartíamos el tiempo entre estudiar, trabajar y participar en movilizaciones, cuando las viví desde el otro lado, el de los afectados, me prometí no volver a participar en una marcha por muy noble y plausible que fuese la causa.

Cuando te quedas impotente atorado en el tráfico, o te ves obligado a rodear sectores y sufrir largas demoras y contratiempos porque alguien organizó una marcha, sea cual sea su razón, aborreces la idea de marchar y a quienes organizan marchas.

Además, como reportero en la Ciudad de México fui testigo de cómo una ambulancia se quedó varada y no pudo llegar a recoger a una mujer herida; el vehículo quedó atorado en el tráfico por los célebres bloqueos de Paseo de la Reforma por las huestes inconformes de Andrés Manuel López Obrador. La mujer murió, y quizás hubiera muerto de igual manera aún con el auxilio de la ambulancia, pero me pareció una aberración que no tuviera “esa” oportunidad porque no llegó la ayuda merced a que había un señor que para protestar estranguló durante semanas una de las principales avenidas de la capital.

Pero independientemente de ello, las marchas que se organizaron en todo el país el 19 de febrero pasado para demostrar unidad ante la amenaza que representa Donald Trump y de paso el enojo hacia las políticas públicas del gobierno del Presidente Peña, pusieron de manifiesto que en México es muy complicado organizar un movimiento homogéneo por una causa común. Ya desde la organización las distintas ONG’s y asociaciones civiles tuvieron fricciones por el objetivo de la marcha. Quedó claro que por muy loables que sean los colectivos y asociaciones civiles en nuestro país no se pueden poner de acuerdo, y sobre todo aprender a negociar en beneficio de una causa común. Los dimes, diretes y posturas de los organizadores nos recordaron las maneras de nuestra clase política: en ellos se impone la soberbia para conservar su coto de poder o protagonismo, sea mucho o sea poco, y son incapaces de ceder algo para avanzar en un fin común.

Se hubiese esperado que las complicadas condiciones del país, los grandes problemas nacionales, y la incapacidad manifiesta de nuestros gobernantes hubieran sido la pasta para amalgamar a todas esas organizaciones y corrientes. Pero no, el gran movimiento nació muerto y se autodestruyó desde su interior.

El resultado fue una muy pobre convocatoria. Las marchas no reflejaron el sentimiento de la mayoría de los mexicanos.

A pesar de tantas buenas intenciones no vemos por donde pueda surgir una iniciativa que efectivamente conjunte voluntades y por lo menos cimbre a la clase política. ¿Será que como país no servimos para eso?

Y tristemente, mientras, la clase política vive feliz de su simulación y sus complicidades, saqueando a un país que debe ser muy rico y generoso para aguantar tanto.

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