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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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La razón de las mujeres

La razón de las mujeres

La razón de las mujeres

Cuando se trata de autos, la mayoría de los hombres somos unos niños. Los queremos por como se ven, por como nos hacen ver, por como corren, hacen curvas o por cuanto cuestan. Y curiosamente en este rubro mientras más cueste, parece mejor. Y lo he dicho antes, pero estoy cada día más convencido que nuestra relación con los automóviles es muy parecida a la de las mujeres con los zapatos, es decir, cuando se trata de ellos la razón pasa con frecuencia a segundo plano. No debería ser así, pero lo es. Y esto solo muestra que las mujeres son más sabias de lo que parecen. De hecho, mucho más que nosotros.

Mientras jugábamos a los carritos en nuestra niñez, el amor por lo que no es más que un medio de transporte se fue arraigando. Muchos crecimos viendo a los autos como nuestro pasaporte a la libertad, como la herramienta que nos llevaría a la compañía de nuestros amigos y de nuestras novias. Tener un auto nos hacía distintos, respetados. De alguna forma éramos superiores a los que no lo tenían. Entre los afortunados que no tenían que usar el autobús se formaron las clases en las que el más caro tiene más prestigio, incluso poder, sobre los demás. Y lo que era solo un medio de locomoción se transformó en algo mucho más importante y significativo. El auto nos definía como persona, por más absurdo que esto pueda ser.

Si solteros y con poco dinero nos bastaba con un auto en el que le pusiéramos un buen juego de rines y un poderoso sistema de sonido, pasada la etapa de la conquista del sexo opuesto para entrar en la era del matrimonio, esa necesidad de usar el auto como símbolo solo se adaptó tal vez de un cupé o hatchback a un sedán. Más tarde, usamos a los hijos como pretexto para abandonar a los sedanes en favor de una SUV, aún cuando el espacio de éstas no necesariamente sea mayor al de nuestro antiguo auto.

La vida nos empujaba, casi sin que nos diéramos cuenta, a comprar un auto según nuestras necesidades y no por capricho. Pero esta es una lección que a muchos se nos olvida, aunque no deberíamos hacerlo.

 

La fuerza del deseo sobre el peligro

Porque por más que un auto sea un gusto, puede también ser un peligro, un arma que nos lleve a un destino muy distinto del que teníamos en mente cuando giramos la llave y nos dispusimos a conducirlo por algunos kilómetros. Pero la realidad es que muchos no toman en cuenta la seguridad cuando compran un vehículo. Las preocupaciones comunes son la estética; la potencia; el equipo; el tipo de forros que pueda tener los asientos; el tamaño del quemacocos o de la pantalla. Vaya, con frecuencia ni siquiera tomamos en cuenta los trayectos que hacemos y compramos autos “buenos para la carretera” cuando solo conducimos en ellas un par de veces al año. O nos hacemos de una camioneta de tres filas de asientos para que nosotros o nuestras esposas vayan a dejar a los dos hijos al colegio. La tercera fila es tan irrelevante que GMC en la hora de diseñar la nueva Acadia redujo su tamaño de manera significativa, pero no se atrevió a quitarla puesto que la frase mágica “tiene tres filas de asientos”, sigue siendo demasiado importante para las ventas.

Con frecuencia los hombres decimos que somos simples, racionales, matemáticos incluso. A las mujeres se les atribuye el papel de emocionales absolutas. Pero cuando ellas compran sus pares de zapatos no están poniendo en riesgo la vida de su familia ni la de otras. Y en la hora de comprar un coche, son ellas las que más se preocupan por la seguridad. Ojalá que abramos la mente para aprender lo que nos tienen para enseñar, porque en el caso de los autos, no hacerlo pronto puede ser demasiado tarde.

 

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