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La fisonomía del dictador

La fisonomía del dictador

La fisonomía del dictador

Son producto de la naturaleza humana en su faceta bipolar, por lo mismo provocan lo mismo simpatía que odio. Viven la experiencia compulsiva de no poder construir sin destruir, hacen siempre ambas cosas y sopesar cuál de las dos hagan más resulta un tanto inútil.

En la raíz de todo dictador subyace una fuente nutrida de narcisismo y megalomanía, que se reclaman y se sostienen mutuamente. Los dictadores suelen tener convicciones profundas, proyectos trascendentes, visiones futuristas, pero son solamente ellos quienes se consideran dotados para llevarlas a cabo y a partir de esa conciencia todo cuanto les ayude debe ser usado y todo cuanto les estorbe, destruido. No podrían ubicarse en esta postura si no carecieran de escrúpulos, aún más, sus cerebros no son proclives ni a la compasión ni a la culpa, aunque señalen siempre como culpables a todos los demás y exijan comprensión para sus acciones, todas explicables por el bien de la patria, de la nación, del pueblo, de los oprimidos, de las clases trabajadoras y lo que se junte.

Salvo raras excepciones, los dictadores son personas de notable inteligencia, excelentes conocedores de la condición humana, hábiles en el manejo de la política, capaces de enfrentar entre sí a sus subordinados cuando de ellos obtienen provecho, dispuestos a favorecer las humanas debilidades como garantía de futuros apoyos o causa justa para la eliminación de adversarios potenciales o inesperados.

Son insensibles pero no por ello desconocen el manejo de las emociones, las saben fingir cuando así se requiere, y con sus íntimos pueden ser hasta cordiales y cariñosos, aman a sus mascotas más que a sus hijos, pero a nadie tanto como a sí mismos. Por eso les fascina presentarse en público y recibir el homenaje de las masas, ejerciendo ante ellas su habilidad seductora. Cuando el dictador habla al pueblo se recrea, los aplausos nutren su ego, las masas lo cimientan; es en esas ocasiones cuando el culto del pueblo alimenta su narcicismo y le hace sentir que ha valido la pena su “sacrificio” en favor de lo que sea.

Con la terrible y patológica súper autoestima que se profesan, es natural que vivan pensando y creyendo que sin ellos nada es posible, y que por lo mismo, deben prolongar su protección sobre la patria aún después de muertos.

Su poder de seducción suele ser tan impactante que no escapan de él ni los llamados intelectuales, ni los hombres de ciencia, ni los promotores sociales, ni los artistas, todos acaban siendo parte del coro universal que los aclama por temor, por conveniencia o por mera y simple fascinación animal. Eventualmente el dictador sabe dar con claves sociales, y se pone del lado conveniente, señalando y anatematizando a los enemigos comunes del género humano: los explotadores, los capitalistas o los comunistas, los enemigos del bien y de la verdad, los imperialistas, los hambreadores, y con eso, su liderazgo adquiere proporciones extraterritoriales, ahora se convierte en figura mundial, supo desviar la atención de su polo negativo, sin dejar de aplicarlo inexorablemente.

Los dictadores surgen en todas las razas, en todas las condiciones sociales, los hay para los pobres y para los ricos, unos son morenos lacios y relamidos, otros blancos de cabellera hirsuta o rizada, los hay también negros o rubios copetones, pero el sistema que encarnan se llama dictadura, y jamás ha sido la mejor opción para el género humano.

armando.gon@univa.mx

 

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