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La Sonrisa de Duarte

La Sonrisa de Duarte

La Sonrisa de Duarte

Por un momento, sólo un momento, sería interesante ponerse en los zapatos del personaje de moda: Javier Duarte, ex gobernador de Veracruz preso en un reclusorio de la Ciudad de México y recién extraditado de Guatemala donde fue detenido hace un par de meses.

Él, ahora, será juzgado por corrupto: mucho o poco, se le acusa de haber dispuesto de recursos públicos para su enriquecimiento personal.

Tratemos de imaginar lo que ha vivido el hombre en menos de un año. Era el poder absoluto en Veracruz uno de los estados más importantes del país. Tenía a su alrededor toda una corte de aduladores, tenía el “sí” incondicional a todo pensamiento, capricho, reflexión o duda. Sin cuestionamiento.

Tenía acceso a un presupuesto ilimitado de recursos públicos que le permitían darse una vida de rey y lo que le sigue.
Imagine lo que tiene en la cabeza alguien que vive así: por supuesto que pierde piso y acumula una soberbia natural que lo hace sentirse y asumirse todo poderoso: omnipotente.

De pronto, todo eso termina al finalizar su mandato como gobernador. Se sabe señalado por la justicia por irregularidades en su gobierno, pero aún así él sabe que lo puede manejar todo: que la situación está bajo control. Al grado que tiene la frialdad de preparar una huida al extranjero siempre pensando que jamás será detenido; es imposible que deseche la creencia que todo lo puede dominar. Dominando es como ha vivido los últimos seis años.

De pronto, sí es detenido y guardado en una cárcel en Guatemala. Se dan las acusaciones y comparecencias ante un juez y él, por la forma de declarar y comportarse ante tribunales, sigue manejando la creencia que es invulnerable. Puede sonreír ante las cámaras e incluso acusar directamente al actual gobierno de Veracruz, que es el que lo acusa.

Finalmente es extraditado a México, donde es internado en un reclusorio de la Ciudad de México. La cosa ya va más en serio, cambia su cara, pero por la forma en que prepara su defensa parece manejar la esperanza de ganar el pleito y salir libre. Piensa en un litigio brillante. Continúan la soberbia y la prepotencia.

¿Cuánto tiempo le llevará darse cuenta que todo acabó?

Quizás no sea más o menos corrupto que la mayoría de sus correligionarios (La Corrupción es el Sistema en México, escribía Gabriel Zaid), pero seguramente en algo se equivocó: quizás en la cantidad, quizás en la forma, quizás en la distribución.

Y entonces es un político muerto. Entiende la parte generosa que lo encumbró y lo puso en la silla más poderosa de Veracruz, pero aún no entiende que al equivocarse él es la cabeza que nos entrega el sistema. Significa una pequeña revancha contra años de corrupción y saqueo de la clase política.

Y eso sí, una noche de estas, en la soledad de su celda en el reclusorio, quizás escuchando una gotera constante y por lo mismo desesperante pero fuera de su control se dará cuenta de su situación, de su fin y de su desgracia.

Entonces, sí. Será terrible y difícilmente habrá cámaras que registren la nueva transformación de su rostro.

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