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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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La Minerva y yo

El tiempo, ni duda cabe, es ingrato porque, no conforme con solo pasar, se lleva nuestra juventud dorada y deja huellas de su implacable tránsito en la geografía corporal de los habitantes del planeta que parece estarse vengando con justicia de los atropellos que cometemos en su contra.

No sé qué tan positivo podría ser, para mantener la autoestima, el saber que esos surcos que el tiempo nos va dejando en la cara (y el cuello, brazos, piernas y entresijos), según le oí afirmar a una experta en esos asuntos, técnicamente se denominan como “radicales libres”, porque suena menos feo que referirse a ellos como arrugas, porque tan plegado sustantivo hace que hasta el talante se nos frunza y el corazón nos agarre la forma de un chile ancho.   

Desde luego que existen, dicen las enteradas que ya sus buenas retocaditas se habrán dado, incontables maneras de contrarrestar los estragos epidérmicos que la edad acarrea, o por lo menos de disimularlos y convencer a quien sospeche de su remozado aspecto de que su instantánea y lozana apariencia no es más que el resultado de una sanísima alimentación, la renuncia a unos cuantos hábitos perniciosos, la ingestión diaria de dos garrafones de agua y unas cremitas comunes en las que no invierten una friolera de pesos.

La golpeadora realidad de los años transcurridos me recrudece al enterarme que nuestra honradísima y muy tapatía Minerva, esa efigie que por designios de don Agustín Yáñez (y a manos del escultor Joaquín Arias) se irguió para representarnos, a más tardar durante la próxima quincena, será severamente intervenida para repararle su natural deterioro, y que en tal recomposición se invertirán alrededor de ocho millones de pesos, con tal que nuestra ilustre sexagenaria se mantenga como la conocimos y aprendimos a quererla y admirarla.

El propósito municipal de mantener en buena forma a mi estatua consentida me parece tan excelente, como rudo el golpe existencial que me devasta al percatarme de que, sacando cuentas y aunque suene a impúdica confesión, la Minerva y yo somos casi de la misma edad y que si a ella, toda llena de gracia, firmeza y señorío, le anda urgiendo una recomposición cosmética en sus broncíneas superficies cutáneas, imaginen ustedes el tamaño de mis apremios para mantenerme dignamente visible o al menos evitar la pena ajena por mis propias menguas exteriores.

Imagínense nomás que, si a la mitológica y orgullosa guardiana cuyos ocho metros de estatura se dibujan majestuosos al atardecer se le andan cuarteando las justas, sabias y fuertes entrañas de acero con que custodia a nuestra leal ciudad, qué podría esperar su humilde y ferviente admiradora cuyos mondongos no son tan férreos ni le pueden ser sustituidos para erradicarles la corrosión.

Celebro el empeño municipal de preservarla para que, cuando yo me haya marchado, ella siga ahí, enhiesta, orgullosa y bien conservada, para que las nuevas generaciones puedan admirarla y quererla como lo hice yo desde niña. Privilegios de una diosa que están vedados para los simples mortales.

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