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Miércoles, 22 de Noviembre 2017
Ideas |

La Minerva y la desconfianza

La Minerva y la desconfianza

La Minerva y la desconfianza

“Sí hacen, porque hacen; si no hacen, porque no hacen. Siempre encontraremos algo para criticarlos y qué bueno, es su culpa”, me decía una amiga cuando platicábamos del proyecto de restauración de la Minerva. El debate público sobre la remodelación de esta escultura tan icónica para la ciudad, es en sí mismo un monumento a la desconfianza social. Interpretaciones hay muchas: hay negocio atrás del proyecto; la Minerva no necesita intervención, pero Alfaro quiere ser gobernador; la quieren retirar para después robársela, y hay hasta quien cree que se quiere alterar el proyecto. Es cierto, la desconfianza no se quita por decreto. Son trienios y trienios que dejan como saldo licitaciones amañadas, asignaciones directas para amigos, moches, negocios con el dinero de la obra pública y mentiras arteras de los gobiernos. La Zona Metropolitana de Guadalajara es un monumento a los proyectos fallidos, a las intervenciones urbanas que se fundamentaron en engaños históricos: villas panamericanas, ciudades creativas, puertas Guadalajara y la que se le ocurra.

La victoria de Enrique Alfaro en Guadalajara se cimentó sobre la base de dos discursos: el de la honestidad —“nosotros no robamos”— y el de la eficacia —“vamos a dar resultados”—. La primera, fue la bandera histórica del PAN, historia que terminó como usted ya sabe. Y la segunda, la marca dura del priismo —“sabemos gobernar”— que sobrevivió a la alternancia. No vamos a robar y daremos resultados, así podemos resumir el discurso del alfarismo en campaña. Y la honestidad, como narrativa, implica transparencia, apertura y rendición de cuentas.

Por eso, es innegable que el Ayuntamiento de Guadalajara ha cometido errores en el proceso de intervención en la Minerva. Primero, había que licitar. Es cierto, la ley no obliga y, también es verdad, que no cualquiera debe meterle mano a la escultura. Sin embargo, un ejercicio en donde los especialistas, los que conocen a fondo la Minerva, hubieran redactado las bases de la licitación, podría haber constreñido el universo de participantes, y conjugar expertise con transparencia. Las asignaciones directas, sean a equipos de comunicación o a restauradores, siempre serán sospechosas.

En segundo lugar, el camino correcto hubiera sido presentar el proyecto ejecutivo y luego entrar a los detalles de los costos, si era necesario removerla y los tiempos de la intervención. Es extraño que Guadalajara quiera operar al revés: primero quien la restaura, luego el costo, después el diagnóstico y al final el proyecto ejecutivo. Es cierto que el diagnóstico consume una tercera parte del valor de la intervención, sin embargo por transparencia, información y socialización, el proceso debió haber sido distinto. E incluso, ya con los datos en la mano, sabiendo “a ciencia cierta” los daños materiales de la Minerva, el alcalde pudo haber puesto sobre la mesa todos los escenarios posibles. No es el mejor camino echar andar un proyecto sin el diagnóstico completo y preciso de lo que se quiere intervenir.

No me queda la menor duda de que la restauración de la Minerva ha sido gasolina para mucha demagogia: qué si los ocho millones se deberían de gastar en bachear, en escuelas o en becas. U otros que mejor dicen: compren una Minerva nueva, total, sale más barato. Como si el valor histórico no fuera algo que deberíamos preservar para tener una ciudad con identidad y pertenencia. Estos comentarios también me reflejan un profundo desprecio por la historia de Guadalajara, sus tradiciones e identidades, esa pérdida de brújula que nos ha llevado a construir una urbe repleta de cotos, sin áreas verdes y a mutilar todo el patrimonio histórico que esta ciudad logró conservar por siglos. Es lamentable que pensemos que es mejor arreglar baches en las calles, que asegurar una Minerva sana para las próximas generaciones.

Sin embargo, a pesar de algunos comentarios disparatados, los gobiernos deben de entender, y en particular el de Guadalajara sobre el que recae mucha expectativa de cambio, que fueron electos para hacer las cosas diferentes, para transformar la relación entre gobernantes y gobernados, y para abrirse a la fiscalización de la ciudadanía. La desconfianza no se combate a través de asignaciones directas, se combate a través de concursos públicos, debate social, transparencia e información. Ocho millones para restaurar la Minerva no me parece una cifra estratosférica, pero hasta donde sé es una cifra que sale de la opinión de una restauradora y párale de contar. ¿Y si se equivoca? ¿Y si tras el diagnóstico sale que la intervención costará 15 millones y no los ocho prometidos? Así, la crisis de desconfianza es una oportunidad para abrir procesos y oxigenar el sistema de toma de decisiones de los gobiernos, no para constreñirlos y replicar modelos opacos del pasado.

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