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Lunes, 27 de Mayo 2019
Ideas |

Kirguistán. Subir es sólo la mitad del camino

Por: El Informador

Por: Roberto Gallegos

“Todo lo que sube, tiene que bajar”. Y con ese dicho en muchas primarias de nuestro país el profesor de física explica los fundamentos de la ley de gravedad universal de Isaac Newton. Los efectos de esta ley de la mecánica clásica (según Einstein, no es de aplicación universal) son muy evidentes en la práctica. Sobre todo cuando uno anda en bicicleta. Y bajo este principio Annika y yo esperábamos ansiosamente “la bajada”, luego de la cuesta más empinada a la que nos habíamos enfrentado en todo nuestro viaje. El mapa decía tres mil 180 metros por encima del nivel del mar. El país: Kirguistán, caracterizado por tener muchos retos como éste a lo largo y ancho de toda su geografía.

Ya habíamos subido algo, según yo, los días anteriores. Tan sólo faltaban según nuestros cálculos 25 kilómetros de pendiente, los cuáles esperábamos hacer durante todo ese día. Incluso, preguntamos a los dueños del hotel donde nos quedamos si el pase efectivamente estaba a 25 kilómetros, y nos respondieron con una afirmación bastante convincente. Total, confiamos en ellos.

Iniciamos nuestra subida un poco tarde, más bien muy tarde, como al medio día. Annika y yo calculábamos subir en un máximo de tres horas. Nos sentíamos muy confiados pues no era la primera vez que nos enfrentábamos a pendientes de 12 por ciento.

Los primeros 20 kilómetros fueron bellísimos. Las montañas tienen su encanto y más cuando sigues el origen de un río. Después llegó el tan ansiado kilómetro 25 y Annika y yo tan sólo esperábamos la señal salvadora que indicaba el final de la subida y el inicio de una larga y divertida bajada. Pasaron cinco kilómetros más y nada, el río se hacía cada vez más pequeño, pero las montañas seguían. Decidimos tomar una pausa para comer e hidratar nuestros cuerpos sedientos.

Fue en el kilómetro 33 y después de cuatro horas de pedalear que nos dimos cuenta que la cima aún estaba lejos. Ahora sí la montaña se veía como de tres mil metros. Ni un sólo árbol y nieve por todos lados. Nos sentíamos con suerte, pues el sol aún brillaba y no había ninguna nube que creara aterradoras sombras que enfriaran nuestros esfuerzos. La altura empezaba a afectar. Yo me sentía un poco mareado y mis piernas flaqueaban al pedalear después del kilómetro 35. Ya un poco desesperado, pregunté a los automovilistas cuánto faltaba para llegar. Muchos de ellos no nos entendían o inventaban cifras para sacarse del apuro: dos, cinco o seis kilómetros, eran las respuestas más frecuentes.

Desde que inicié el viaje nunca me había sentido tan derrotado por las pendientes de 12 por ciento. A cada 500 metros tenía que parar para recuperar fuerzas para seguir.

Cerca del kilómetro 38, a unos 300 metros, vimos la señal. Por fin habíamos llegado a la cima. Annika y yo nos felicitamos mutuamente y nos tomamos la foto de la victoria, al menos eso creíamos. Nos había tomado un total de seis horas llegar hasta ahí, lo cuál significaba que el sol a las seis de la tarde también dejaba de brillar con intensidad. Un camión en la cima nos ofreció un aventón hasta Bishkek. No lo tomamos. Nuestro orgullo era muy grande. Annika y yo nos preparamos para el descenso… y cuál fue nuestra sorpresa: la bajada, el ímpetu de la bajada, enfrío nuestro cuerpo como nunca en la vida. Sin guantes y sin ropa decente de invierno, nos rendimos a los tres kilómetros. Los dedos de mis manos parecían trozos de pescado congelados y me dolía cada articulación. Inmediatamente nos paramos y en medio de la calle suplicamos por ayuda. Al poco tiempo un par de camiones se detuvieron para llevarnos.

Ese día aprendimos una gran lección. Bajar, aunque sea divertido y mucho más sencillo, también es parte del camino.

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