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Sábado, 25 de Noviembre 2017

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Juárez hoy

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Juárez hoy

Nunca he sido fan de las hagiografías, ni siquiera las de los santos, mucho menos las de los políticos. Detesto a los puros simple y sencillamente porque no les creo. No soy, pues, fan del Benito Juárez que elevaron a los altares de la Patria quitándole toda su humanidad. No me gusta nada el Benemérito de bronce, ese que siempre tenía razón y vivía alejado de todo mal. Me cae fatal ese señor predestinado a ser presidente que enseñan en las primarias y los políticos machacan en discursos que rayan en la cursilería cada 21 de marzo. Ese señor no tiene nada que ver con el Juárez de verdad: el hombre inteligente y recto, pero también obcecado, calculador y ambicioso; el jurista defensor de las instituciones capaz de una frialdad despiadada con el enemigo. Creo, sinceramente, que la distinción que hizo Juárez entre las justicia a secas para los enemigos y la justicia con gracias para los amigos es la madre de una visión distorsionada de la justicia de este país. Por supuesto que Don Benito no tiene la culpa de que sus seguidores hayan transformado, corruptamente, la gracia en compadrazgo y que hayan sustituido la justicia a secas por una seca justicia.

Dicho lo anterior, creo que es urgente que en este país recuperemos el juarismo no sólo en lo que respecta al ejercicio del derecho, sino también en la ética republicana. ¿En qué momento perdimos la noción de medianía para los servidores públicos? ¿Cómo logramos corromper la noción de servicio público de tal manera que hoy nadie crea que se puede vivir con dignidad? No es una cuestión sólo de la clase política. Los ciudadanos tampoco creemos que pueda existir un servidor público que sea decente (ya hay muchos más de los que nos imaginamos); lo vemos como una contradicción de términos.

Hoy en pleno siglo XXI, 150 años después de la Reforma, Juárez sigue estando vigente no porque haya sido un iluminado y un fuera de serie (que en muchos sentidos sí lo fue) sino porque hoy más que nunca la política mexicana está urgida de una ética del poder, de un para qué del servicio público, que parece haberse extraviado en el camino. Bajemos a Juárez de los altares y los monumentos y recuperemos al ser humano de carne y hueso, ese que se la rifaba por su país todos los días porque, con todas sus virtudes y defectos, tenía claro cuál es el papel del servidor púbico. Sustituyamos las frases de bronce que pululan por todos los edificios públicos del país, sean congresos, palacios municipales o escuelas, por simples y sencillos principios de la deontología del poder. Olvidémonos por un momento del Benemérito y pensemos a Juárez.

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