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Jueves, 17 de Enero 2019

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José María Buendía (1933-2016): elogio de un maestro

Por: Juan Palomar

José María Buendía (1933-2016): elogio de un maestro

José María Buendía (1933-2016): elogio de un maestro

Es preciso volver a hablar, en la circunstancia de su tránsito terrestre, de uno de los más importantes maestros de la arquitectura del país. Y uno de los menos conocidos. Alguien muy alejado de los circuitos cibernéticos, de imágenes autocomplacientes y “likes” facilones. De la publicación de sus obras en el brilloso papel de las revistas a la moda. Alguien lejano también a la adscripción advenediza a “nuevas” corrientes trufadas de formas grandilocuentes y materiales llamativos.

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En realidad, a pesar de su apasionado compromiso con la arquitectura, José María Buendía Julbez fue un hombre que hizo de su vocación una recia y discreta enseñanza. Y no por ello su magisterio fue menos generoso y fecundo. Esa misma reticencia para plegarse a los modos comerciales y vistosos que algunos escogen como camino profesional (o publicitario) constituyó una invaluable lección para todos los que tuvieron la suerte y el tino de acercarse a su persona. Dejó dicho, lapidariamente: “Ser sincero es ser potente”.

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Y la pasión, ella en sí misma, permanecía ardiendo en Buendía. La devoción, feroz, encarnizada, por la poesía. Solía citar un dicho de otro maestro, muy cercano a sus elecciones, Ignacio Díaz Morales: “Sé poeta y haz lo que quieras.” Dio a la luz, muy a cuentagotas, ciertos textos a los que acompañan parcas fotografías de algunas de sus obras. La constante es una tensa, a veces juguetona y a veces furiosa, búsqueda de una belleza natural, esplendente, cotidiana y humilde. Llevó como una bandera muy en alto sus orígenes magrebís y españoles, su elección mexicana. “Bien se quiere lo que bien se conoce”, repitió incansablemente a sus discípulos. Y conoció este país como pocos, y su cariño tocó lo ancho y lo largo de la geografía nacional. (Y aún se dio el tiempo de ser un anglófilo de excepción, miembro histórico del Manchester United…).

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La trayectoria de José María Buendía es impecable. Dueño de un temple que no admite concesiones y de un humor zumbón y penetrante, cosechó, por supuesto, sus malquerientes y sus discípulos renegados. Merecer su amistad implicaba la reciedumbre y la entereza que él mismo practicó. Pero quienes lo quieren, lo respetan y atienden a su permanente compromiso social y estético, a sus lecciones de vida vueltas arquitectura, forman una especie de cofradía fiel y agradecida.

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En la inmensa Ciudad de México, un arquitecto supo resistir hasta lo último: al tiempo, a la facilidad, a las veleidades de la fama, al olvido de sus convicciones. Alimentó en su permanente docencia una lumbre que contagió calladamente a quienes lograron en verdad oírlo. Guardó y propagó empecinadamente una flama que viene de muy antiguo, la de los que saben que la práctica de la arquitectura, al final, será juzgada por su justicia y su belleza, de los que atinan a reconocer en un pueblito ignorado de una región distante la real esencia, el verdadero combustible capaz de cambiar el mundo y volverlo mejor. Una lumbre que será, a pesar de los pesares, transmitida a quienes vienen, a quienes seguirán, como José María Buendía Julbez, demostrando que la arquitectura está para hablar a todos los hombres y levantar su corazón, para volverlos más felices.

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