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Martes, 21 de Noviembre 2017

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Honores que matan

Honores que matan

Honores que matan

¿Para qué sirven los homenajes que se organizan, como dirían los boletines, “en el marco” de ciertos eventos culturales? Me parece que, en la mayoría de los casos, para muy poco, al menos si consideramos el asunto desde el punto de vista de un lector civil (valga decir, aquel que no forma parte del “círculo rojo” de quienes están profesionalmente interesados en hacer numeritos “en el marco” de nada). Hay, desde luego, homenajes que el llamado “medio” o “mundo” literario organiza para los iniciados que pertenecen a él y que bordan sobre figuras indiscutibles, que de todos modos serían leídas. Y otros que, francamente, dan la apariencia de que se articulan solos, porque no se presentan suficientes asistentes para llenar dos filas de sillas y se asemejan, así, al velorio de un tipo muy impopular. Pero muy pocos, si alguno, se yerguen como el momento que hizo la diferencia para que un desentendido se volviera, a partir de allí, un entusiasta.

Antes de seguir, definamos los alcances de un homenaje. Digamos (ya que en este espacio se habla de libros), que vamos a convocar una serie de mesas redondas protagonizadas por escritores, en las que se discutirán, por ejemplo, las sutilezas y singularidades de la obra de un colega ilustre, muerto y reverenciado. Y que, por lo tanto, podemos colocar la foto del prócer (de preferencia artística, es decir, a blanco y negro) en los pendones que anuncian el evento cultural de marras y así nos pararemos el cuello con su aura de figurón. Pendones a los que también hemos de añadir la leyenda “Homenaje en su centenario” (o sesquicentenario o bicentenario o lo que sea), que, como sabemos, inspira a las multitudes a acudir raudamente. Pues muy bien: hasta allí llegan el 99 por ciento de los homenajes. ¿Qué más podríamos hacer? ¿Vamos a regalar libros para animar a los jóvenes, o a quien sea, a conocer un poco más de la obra del festejado? Hasta donde recuerdo, eso solamente lo hace la FIL, en su celebración del 23 de abril. ¿Vamos a trabajar con las escuelas y universidades para que los títulos del festejado sean incluidos en sus programas de lectura y figuren en sus bibliotecas? De eso, en general, no hay antecedentes. ¿Nos alocamos y le ponemos su nombre a una calle? Que le pregunten al fantasma de don Alfredo R. Placencia si alguien con la dentadura completa y domicilio más allá del Periférico (me refiero al resto del planeta, claro) vive apasionado por él.

Me temo, pues, que los homenajes oficiales o privados no suelen servir más que para que los homenajeadores tranquilicen su conciencia. Ni acercan a los jóvenes a las obras ni las vinculan con los procesos educativos de nadie. Son, en el mejor de los casos, algo así como echar cohetes en un cielo al que pocos voltean. Y en el peor, como tratar de echarlos y que no prendan.  

Si un homenaje equivale a una agendita de choros arrojados al aire ante los bostezos de tres distraídos, mejor que no los hagan.

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